Luego una idea absurda, inverosímil, pasó por mi pensamiento. Se me ocurrió que el dinero facilitado por el Banco Hipotecario iba a servir en su mayor parte para este viaje suntuoso.

Tal vez el doctor Pedraza había hipotecado su estancia para dar gusto a su familia, deseosa de realizar un paseo triunfal por el viejo mundo: un viaje que excitase la envidia y la admiración de las amigas que dejaban a sus espaldas.

IV

Terminada la navegación nos vimos poco. Yo no podía vivir en el mismo plano que este millonario.

Además huía de él, no porque me fuese antipática su persona, sino por miedo a la deslumbrante doña Zoila y a sus hijas, que parecían esparcir una nueva luz sobre París.

Le Figaro, que es el diario que presta más atención al paso de los americanos, hablaba casi todos los días de “Madame de Pedraza, ilustre dama argentina, y sus hermosas hijas”.

Ocupaba la familia una parte considerable del primer piso de cierto hotel monumental, próximo al Arco de Triunfo. Algunas mañanas el doctor, con su esposa y las seis niñas, salían a caballo para galopar por las avenidas del Bosque de Bolonia. Esta cabalgata, que muchos, en el primer momento de sorpresa, tomaron por un desfile de artistas de circo, servía para demostrar la opulencia de la familia. Además, todos eran excelentes jinetes, que habían aprendido la equitación por instinto, en la estancia natal, al mismo tiempo que aprendían a hablar.