Alto de talla, fuerte y de inconmovible salud tenía la gallarda soltura de miembros de todos los hombres de allá, criados en las estancias, que aprenden a montar a caballo antes de saber andar. Al mismo tiempo que ágil, era recio de cuerpo y carnudo. No pueden ser de otro modo en una tierra donde los destetan de niños con carne asada.

Este buen mozo, de porte señoril, rostro aguileño y largos bigotes, cuidaba de su indumento como en los años que aún era muchacho y sentía sus primeros impulsos amorosos hacia la que después fué su esposa. Siempre vi sus pies, pequeños y arqueados como los de una mujer, en un encierro de brillante charol. Nunca le encontré, a partir de las primeras horas de la tarde, que no vistiese chaqué y llevase sobre la corbata una perla que parecía caída del turbante de un rajah. Jamás, al extenderse la noche sobre Buenos Aires, dejé de encontrar al doctor Pedraza puesto de smoking, si iba a comer con los amigos en el Jockey Club, o de frac, para acompañar a su familia al teatro Colón.

Su esposa y sus seis hijas no le hubiesen permitido la menor falta a las reglas que debe observar todo gentleman en uno u otro hemisferio de la tierra. Y el elegante doctor, hombre enérgico a sus horas y temible en el manejo de las armas, era incapaz de oponer resistencia a los caprichos y órdenes de las mujeres de su familia.

Este hombre, que gastaba muchos miles de pesos en el adorno de su persona, no había dado que murmurar a sus enemigos y envidiosos con la más pequeña aventura pasional. Se acicalaba para la gente de su casa; para gustar a su mujer; para que le admirasen sus niñas con esa satisfacción orgullosa que siente toda joven cuando contempla las elegancias y seducciones del género masculino a través de su padre.

Para el doctor Pedraza no había nada más allá de su familia. Ella le inspiró el más extraordinario de los heroísmos... Porque sepan ustedes que el hombre que les voy describiendo fué un héroe más grande que los héroes de la guerra o de la ciencia. Estos mueren por la gloria, orgullosos de su muerte y ganosos de que todos la conozcan.

Pedraza, héroe obscuro, al desaparecer de un modo que no hiciese sospechar a nadie su sacrificio, resulta más admirable.

Ustedes se convencerán de ello si tienen paciencia para seguir escuchándome.

II