Oían detrás del tabique su voz medrosa con sacudidas de terror:
-¡Suéltame... te conozco! Eres el Malo... ¡Largo de aquí!
Feli no pudo contenerse por más tiempo, y su carcajada infantil rodó en el silencio como una campanilla de plata.
Así transcurrió la noche. Los amantes ya no reían; callaban, como si durmiesen. En su habitación gemía la cama con ligeros temblores, cual si anduviesen ratas por debajo de ella.
Al otro lado del tabique hablaba en sueños el señor Vicente, estremecido por el horror de sus visiones.
—Te conozco, Malo... Pierdes el tiempo enseñándome esas asquerosidades... Mi carne está muerta... Gloria al Señor... La impureza no entrará en la casa de su siervo.
VII
Maltrana, en la apacible calma de su nueva existencia, terminó pronto el libro del marqués de Jiménez. El grave prócer mostrábase satisfecho del trabajo. Además, por encargo suyo, vigilaba el joven la impresión y corregía las pruebas. ¡El senador tenía tantas ocupaciones!...
Cada vez que Isidro le presentaba un pliego impreso, don Gaspar examinábalo minuciosamente, dando bufidos de satisfacción ante las páginas que presentaban gran cimiento de notas. Las que aparecían con el texto solo, provocaban en él un mohín de disgusto.
—No tienen seriedad—decía el senador—. Parecen páginas de una novela. Pero, hombre, ¿qué le hubiera costado poner unas cositas al pie?...