Una tarde, Maltrana encontró al señor Manolo el Federal en la acera de la Puerta del Sol, donde tenía establecidas sus oficinas.

—Bien, muy bien, ciudadano—dijo irónicamente el capataz—. Tú y la Feli la habéis metido hasta el corvejón. Paece mentira que hombres intelectuales que no son del cuarto estado cometan esas pifias.

Le miraba con sus ojos saltones, limpiándose el sudor de la frente, jadeando, antes de hacer caer sobre Isidro la avalancha de su indignación.

—Paece mentira, hombre... Y no creas que yo pienso ojetar nada contra el hecho de que tú y la Feliciana haigáis pactado el amontonaros, en uso de vuestra perfecta autonomía. Eso podrá escandalizar a los reaccionarios y a los unitarios, pero no a mí, que soy un ciudadano consciente y he pactado también muchas veces. El hombre es libre, la mujer es libre, el amor debe ser libre y autónomo... Pero lo que resulta una chiquillada, digna de azotes, es el dejar esa mocosa a su padre abandonado allá en las Carolinas. Yo voy a hacerle un rato de sociedad con más frecuencia que antes. El Chispas vive con él, y no se las campanean mal. Hacen cada cachuela que Dios se chupa los dedos. Pero el pobre Mosco está triste, le falta algo; no quiere que le nombren a la chica, y menos a ti. Bebe como un mosquito, y cuando tiene la tajá, la toma con los guardas, y quiere irse al Pardo para matar cara a cara al que asesinó a Puesto en ama. Le habéis puesto de un modo, que el día menos pensado hará una barbaridad.

Maltrana se conmovió con hondo remordimiento al pensar en el daño causado a aquel amigo. Sintió vehementes anhelos de reparar su falta. El señor Manolo podía interceder por ellos; él conseguiría que su hermano les perdonase.

—Lo que habéis hecho—continuó el Federal—es una chiquillada que no tiene nombre. ¿Os queríais?... está bien; pues haber venido a mí, que soy la práctica, y juntos hubiésemos ido a las Carolinas a tener un rato de sociedad, y yo, con mi labia, habría presentado una moción... «Hermano: estos chicos se quieren, ya tienen edad de ser autónomos, y deben confederarse ante la Naturaleza. Además, las cosas no merecen otro arreglo: andan, después de cerrada la noche, muy agarraditos por los desmontes, según dicen las malas lenguas, y me recelo que se han comido el puchero antes de las doce. He dicho.» E iniciado el debate, habríamos discutido con todos los turnos que fuesen menester, y al reasumir yo, es seguro que, en uso de vuestros derechos individuales, os habríais ido al catre, sin que el Mosco las echase de tirano centralizador. Pero ahora, después de vuestra calaverada sin substancia, veo difícil que encaucemos el debate.

Maltrana, impulsado por el remordimiento, tuvo un arranque de audacia, y habló de ir con el capataz en busca del Mosco para pedirle perdón.

—No: es demasiado pronto—dijo el señor Manolo—. No vayas; si te presentases así, de sopetón, sería capaz de tratarte lo mismo que a un gamo. Tiene unas ganas locas de matar a alguien. Déjame que yo lo arregle; tú no sabes adonde llega mi habilidad; figúrate que estás hablando con la mismísima diplomacia.

El ablandaría poco a poco a la fiera. Mientras ellos no fueran por allá, no correrían peligro alguno. El Mosco permanecía en sus territorios y juraba no volver a Madrid, por no encontrarse con los fugitivos. Le enfurecía que le hablasen de ellos. El señor Manolo no los mentaba nunca, y eso que sabía dónde se ocultaban desde la semana siguiente a la de su fuga. Vivían cerca de la plaza de la Cebada, en la casa de un reaccionario, de un loco que repartía estampas y regocijaba a la gente con sus sermones.

—Yo lo sé todo—dijo el capataz, riendo ante el asombro de Maltrana—. En mi oficina se habla de cuanto ocurre en Madrid.