—No, señor—dijo el Machaco poniéndose serio—. Lo saqué de dentro del bolsillo. Yo ya no hago esas cosas.

El empleado sonrió ante esta protesta de la dignidad profesional, y siguió presentando a los otros. Un muchacho cabezudo, con ojos azorados y chaquetón de paño pardo, era el Paleto. Le habían traído por robar un corsé. Miraba a Maltrana con ojos de víctima moribunda, creyéndolo un señor poderoso.

—Sí, señor; me llevé el corsé—gimió con su rudo acento de campesino—. Tenía hambre... vine a Madrid con mi padre... buscábamos trabajo. No lo haré más, señor... yo soy bueno.

Las grotescas contorsiones del Paleto, sus gemidos, provocaron una hilaridad bárbara en todas las puertas.

-¡Uuú! ¡uuú!—rugían los golfos, burlándose del arrepentimiento y el miedo del Paleto.

-¡A ver si hay silencio!—gritó el empleado imperiosamente.

Todos quedaron inmóviles, con la vista baja, pero vagando en su boca una sonrisa, como si les divirtieran muchísimo los incidentes de su vida de encierro.

El empleado siguió designando por sus nombres a la doble fila de pillos. Este era el Besugo, consorte del Gallego, el Margallo y el Viruelas, y compañeros los cuatro del Barrabás en el robo de bronces y alambres en Vallecas. Al hermano de Maltrana lo tenían alejado de ellos, para evitar peleas, pues hablaba de comerse los hígados de sus consortes por haber charlado de sobra en las declaraciones.

—El muchacho es una alhaja—dijo el empleado irónicamente—. Tiene genio. Crea usted que sería un bien para la familia que reventase aquí. Cuando crezca, de seguro que le veremos en las celdas de abajo.

Maltrana examinó a los camaradas de su hermano, golfos de mirada viciosa y quijada fuerte, más voluminosa que el resto de la cara. El Viruelas era un monstruo de fealdad, con las facciones roídas, la nariz aplastada, los ojos casi ocultos bajo las cejas colgantes, y un hedor nauseabundo que surgía al mismo tiempo de su boca y su piel.