—¿Aún no ha vuelto el señor de Maltrana?

Y al saber que Feli estaba sola, negábase a pasar adelante. Era tarde y debía levantarse con el alba.

—Que trabaje usted mucho, señora, y duerma bien. ¡Ah! Y si tiene usted un rato libre y quiere distraerse, lea aquella oración tan bonita que le entregué. Se ganan ochenta días de indulgencia.

Escuchaba Feli el ruido de sus zapatos al caer, los crujidos del jergón, los suspiros y rezos del devoto al tenderse. Luego venían los gritos de la pesadilla, los apóstrofes al Malo, para que se alejase con sus carnales tentaciones.

Feli se acostaba después de media noche, aguardando en la obscuridad la llegada de Isidro, creyendo que era él cada vez que sonaban pasos en la escalera. Dormíase muchas veces vencida por la fatiga, y despertaba al sentir en sus ojos la violenta impresión de la luz.

Isidro, con aire fatigado, desnudábase junto al lecho. ¿Qué hora era? Las tres; las cuatro. El joven excusaba su retraso hablando de los deberes que pesan sobre un escritor, de las exigencias del oficio. Había que dejarse ver de las gentes, frecuentar las tertulias de Fornos, visitar algunas redacciones, callejear con ciertos amigos noctámbulos que podían ayudarle. El la amaba como siempre; pero se debía a la literatura y al público.

Una noche asistió a un banquete en honor de un compañero que acababa de publicar un tomo de versos. Era una fiesta de juventud, un alarde de fuerza y cohesión para que rabiasen los viejos. Feli cepilló con gran cuidado su traje, puso en su pañuelo unas cuantas gotas de esencia que aún le restaban en el fondo de un frasco; añadió un par de pesetas, por lo que pudiera ocurrir, al duro (precio del cubierto), que separó tristemente de lo que ella llamaba «el capital de la casa», cada vez más reducido.

Eran las tres de la madrugada cuando despertó Feli sintiendo en la frente el contacto de unas manos. Lo primero que vio fue la cara de Isidro, pero transfigurada, con las mejillas rojas, brillándole los ojos con un fulgor extraordinario. Después percibió un perfume de flores marchitas y vio esparcidos sobre la cama varios bouquets, que indudablemente habían servido de adorno a los cubiertos antes de comenzar el banquete.

—¡Viva el arte!—gritó Maltrana con una agitación que hizo reír a Feli—. ¡Viva la eterna belleza! ¡Viva la juventud triunfante!

—Pero ¡cállate, condenado!—exclamó la muchacha—. Puesto a gritar, dale un viva al vino, porque me parece que vienes algo marcado.