Maltrana inclinó su cabeza para oír mejor.

—Habla: dime qué es eso.

Pero Feli se resistió a hablar, ocultando su cara al mismo tiempo que sus mejillas se enrojecían intensamente. No; así no. Temía que alguien la oyese; que sus palabras llegasen hasta el devoto, que dormía al otro lado del tabique.

Extendió sus brazos para coger la cabeza de Isidro y la aproximó a su boca, hablándole al oído largamente, con mimo infantil.

Cuando Maltrana se incorporó, ya no le brillaban los ojos. Se había disipado el gesto risueño de su embriaguez; había perdido las ganas de dar vivas a la juventud y al arte.

La paternidad acababa de arrojar su fardo de inquietudes, de graves afectos y penosos deberes en medio del camino de su amor.

¡Un hijo!... Adiós, juventud. Maltrana creyó que caía de golpe sobre sus hombros la capa de plomo de los años; vio más negra, más triste, la miseria en que vivía.

Fue un sentimiento indefinible, en el que se mezclaban la satisfacción y el miedo. Su personalidad iba a desdoblarse, prolongándose en el curso de la vida. Esto le elevaba como hombre. Pero creyó sentir en torno algo que se despegaba de él. La juventud alegre, sin responsabilidades ni obligaciones, se perdía para siempre. A lo lejos, la Ilusión, en fuga, batía sus alas de diamante.

VIII

Sufrió Maltrana un gran cambio en su vida. El dinero iba desapareciendo, sin que los tardos e irregulares ingresos bastasen para sostener la casa.