Maltrana bajó tras él, adivinando algo grave en el gesto hosco del capataz.

—Tú no habrás leído los papeles de hoy—le preguntó al detenerse en la acera—. Pues bien; el Mosco ha muerto; mejor dicho, le han matado. Los esbirros han conseguido lo que deseaban.

Y relató la muerte trágica de su hermano. Los diarios dedicaban al suceso unas cuantas líneas. Aquel homicidio en tierras reales no inspiraba interés. El Mosco y su acólito el Chispas habían caído en una emboscada de los guardas. El maestro había muerto acribillado de plomo; su discípulo y acompañante estaba en el hospital, con dos balazos en un hombro. Unos periódicos, al hablar del suceso, afirmaban que las víctimas eran dañadores peligrosos que habían hecho frente a los guardas; los diarios de oposición decían que eran pobres hambrientos que entraban en la posesión real sin otro propósito que el de coger cardillos.

—La cosa fue anteanoche—continuó el capataz—. Yo lo supe ayer por la tarde; vinieron a decírmelo de las Carolinas... No he querido ir a verle. ¿Para qué? ¿Voy acaso a resucitarlo?... Ya estará enterrado; los que lo vieron dicen que estaba hecho una lástima. Un balazo en la frente, otro en la boca: plomo por todas partes. Apenas si los amigos pudieron reconocerle; tan desfigurado estaba. ¡Cristo! ¿Así se mata a los hombres? Se habían juntado no sé cuántos; sabían por dónde iba a pasar, y bien tranquilos, ocultos tras la maleza, le hicieron una descarga, sin que el pobre pudiese llevar la mano a su escopeta... ¡Ya estarán contentos! ¡Ya no pensarán más en el Mosco, que era su preocupación!... El pobre Chispas, cuando sane, si es que sana, irá a presidio... Da rabia, Isidro, pensar que hombres tan hombres mueran como perros, por querer vivir de lo superfluo, de lo que otros no necesitan; que los cacen como fieras, sin haber hecho otro delito que cobrar algunos conejos... ¡Puñales! ¡y después aún se extrañan de que pidamos la revolución!...

La muerte del Mosco impresionó mucho a Maltrana. Pensó con remordimiento que tal vez tenía él cierta intervención en esta catástrofe. El dañador, empujado por la cólera, se había entregado a sus expediciones arriesgadas, como si retase a la muerte. Después pensó Isidro en su compañera, nerviosa y quebrantada por su estado físico; en lo peligroso que sería darle la noticia, sin que una nueva crisis pusiera en peligro su salud.

Cuando subió, le esperaba Feli con la mirada interrogante y la cara triste, como si el instinto femenil le avisase la desgracia. Sólo por un asunto importante podía haberse resuelto su tío ir a visitarles. Era cosa de padre, ¿verdad? ¿Se había decidido, por fin, a buscarlos? ¿Iba a presentarse de un momento a otro?...

Los rodeos que empleó Isidro para contestar aguzaron su instinto. En un momento columbró la verdad.

—No digas más, Isidro—murmuró—. No te esfuerces: no temas por mí. Yo soy fuerte. ¿Es que lo han matado en el bosque?...

Acogió con serenidad la trágica noticia. Maltrana admiró su firmeza: era digna hija del Mosco. Aquella mujercita débil, que muchas veces lloraba sin motivo, permaneció inmóvil, con los ojos secos, al conocer la desgracia.

Hacía tiempo que presentía este final. Muchas noches había visto en sueños a su padre cubierto de sangre, pereciendo bajo las escopetas de los guardas, que le daban el tiro de gracia. Se había familiarizado con la posibilidad de este suceso durante los años de su vida en las Carolinas al lado del dañador.