—¿Llevaré dos?—preguntaba con voz trémula—. Tú que sabes tanto, ¿no reconoces que esto es demasiado?...

Pero Isidro contestaba con mal humor. Su embarazo era lo mismo que los otros. Debía dejarle en paz. Tenía asuntos más graves en que pensar; estaba desesperado por las injusticias de que era objeto. Nadie hacía caso de la juventud; no la abrían camino...

Y después de estas lamentaciones dormíase, mientras Feli, en la obscuridad, se pasaba las manos interrogantes por aquella montaña, motivo al mismo tiempo de alegría e inquietud.

En las primeras horas de la noche, cuando Feli estaba sola, el señor Vicente entraba un instante en la habitación de sus huéspedes. Como la joven tenía que darle algunos recados, el devoto decidíase a pasar la puerta.

Durante sus ausencias presentábanse algunos amigos preguntando por él. Eran estos un cura viejo, de hábitos raídos y verdinegros, tan loco y pobre como el señor Vicente, varios hermanos de cofradía, y aquel tremendo zapatero cuya conversión le había costado los mejores años de su vida. Todos ellos personas devotas y buenas, que merecían los mayores elogios del «santo».

Escuchaba éste con movimientos de cabeza las explicaciones de la joven. Fulano había dicho que no dejase de ir al día siguiente a la iglesia de Santa Cruz, pues eran los funerales de un señor de las Conferencias católicas. El cura viejo había dejado en su cuarto dos paquetes de hojitas para que las repartiese. El zapatero, con su cara fosca, se había presentado dos veces, buscándole con gran prisa. Necesitaría dinero: la tal conversión le costaba muy cara.

El señor Vicente la oía sonriendo, y después se fijaba en su persona.

—Y usted, ¿cómo está? ¿cómo marcha ese embarazo?...

Desde que la veía en tal estado hablábala con mayor confianza. Desfigurada por la hinchazón, pesada y doliente, no pudiendo moverse sin suspiros de pena, ya no le infundía aquel miedo que toda hembra le hacía sentir. La maternidad dolorosa santificaba a la mujer, le permitía acercarse a ella sin miedo y sin repugnancia, tratándola con una llaneza maternal.

—Debe usted sufrir mucho. Algunas noches la oigo revolverse en la cama... Tenga usted paciencia; es el castigo que nos impuso Dios por la rebeldía de la primera mujer. Todos hemos de sobrellevar la culpa.