El gesto del señor Vicente delataba su repugnancia a vivir en contacto tan inmediato con el pecado. Maltrana se enfureció ante estos escrúpulos.
—Que seamos casados o no lo seamos, ¿qué les importa a ustedes?—dijo con violencia—. Nos queremos; soportamos juntos nuestra miseria; somos compañeros de suerte, sin necesitar de compromisos y documentos. ¿Qué delito hay en esto?
El hermano levantó los hombros con inmensa extrañosa, como escandalizado de que se pusiera en duda este pecado.
—Además—continuó con dulzura—, usted me ha engañado, señor de Maltrana; usted se ha burlado de mí... No: ¡si no me enfado por ello! ¡si no le hago cargo alguno!... Yo le admití con gusto bajo mi techo, pero le indiqué que no podría vivir con Voltaire, Garibaldi y otros hijos del Malo.
—Y efectivamente—dijo Maltrana, sonriendo a pesar de su cólera—, por dar gusto a usted, me abstuve de traer a casa a esos apreciables señores.
—Pero trajo usted—repuso el «santo» con irritación, al mismo tiempo que lagrimeaban sus inflamados ojos—, trajo usted a otros peores, y ahí dentro los tiene como si fuesen santos, y falta poco para que les encienda velas. Yo soy un ignorante, y pensaba que no había nadie más perverso que esos dos pecadores que he nombrado. Pero uno, aunque falto de luces, tiene personas sabias y prudentes que le ilustren, y ahora sé que esos que adornan su habitación son demonios mayores, de más cuidado que los otros, pues algunos de ellos todavía viven, por altos designios de Dios, que quiere ponernos a prueba..
—¿Y qué quiere usted?—gritó Maltrana con tono agresivo—. ¿Que los quite, para darles gusto a ese remendón que le explota a usted y al cura loco que le aconseja?
—No; guárdelos, si ese es su deseo—dijo el «santo» con mansedumbre—. Usted y yo no debemos vivir juntos. Usted es joven... y de los del día; yo soy un pobre pajarillo de Dios... ¡Ave María Purísima! ¡Mi Cristo y mis libros bajo el mismo techo que los demonios más grandes que se conocen!...
Maltrana creyó inútil seguir hablando. El hermano estaba resuelto a separarse, y Maltrana no quiso rogar, ni que el devoto conociese el grave daño que le infería con esta inesperada resolución.
—Está bien; casas no me faltarán. Y si lo de la mudanza no es mas que un pretexto para que me vaya, quédese usted aquí tranquilamente con su Cristo y todo el almacén de necedades que contiene su biblioteca. Nosotros nos marcharemos en seguida: antes de lo que usted cree.