El joven apartó a un lado estos adornos ridículos, para revolver con ávidas manos el resto del montón.

—Fíjate en ese rosario—dijo la vieja—: todo de perlas finas. Era de una dama de palacio.

Maltrana hizo un gesto de desaliento. Mentira también: eran granos de marfil, con un débil montaje en oro. Y mentira los imperdibles de doublé; las sortijas ennegrecidas por el largo encierro, con sus vidrios opacos y muertos; los botones de grandes uniformes, que la vieja creía de oro puro; los alfileres verdosos y oxidados, con la pedrería empañada. Aquellas riquezas que hacían estremecer de codicia a la trapera no eran mas que basura de insignificante valor.

Isidro únicamente apartó lo que la Mariposa consideraba de menos valía: un par de docenas de cucharas de plata de diferentes formas y tamaños, caídas, sin duda, durante el fregado en el estiércol de la cocina; una cadenilla de oro, un sonajero del mismo metal y cuatro sortijas lisas, pero de algún peso. Era lo único del tesoro de la abuela que tenía cierto valor. Tal vez llegasen a darle por todo ello hasta treinta duros.

La Mariposa seguía con atención el apartado que realizaba su nieto, sonriendo al ver que se satisfacía con lo más humilde del tesoro, abandonando las grandes joyas, los objetos brillantes, que la llenaban de orgullo.

—Haces bien—murmuraba—. Con eso que te llevas tienes bastante por el momento. Lo demás te lo guardará la abuela para otro caso de apuro, y cuando yo falte será para ti.

Con un respeto religioso iba amontonando en el trapo blanco las deslumbrantes baratijas desordenadas por las manos del nieto. La vieja le tributaba mentalmente los mayores elogios. Su Isidro era bueno; no quería abusar de la bondad de su abuela, y la dejaba lo mejor. A impulsos del agradecimiento, desató una de las puntas del trapo, sacando del nudo unas cuantas monedas de plata.

—Toma, Isidrín—dijo—. Todo el dinero que tengo. Para que lo añadas a esas cosillas, ya que no has sido exigente. Lo menos llevas ahí siete duros entre pesetas dobles y sencillas.

Maltrana se metió la cantidad en el bolsillo. Después fue distribuyendo por los bolsillos de su traje las cucharas y los otros objetos.

La inmensa decepción que le había hecho sufrir la cándida avaricia de su abuela trocábase en compasivo regocijo al ver el cuidado con que envolvía el resto de sus baratijas.