Tenían sus parroquianas, sus creyentes de inconmovible fe, que apenas las veían marchaban a su encuentro, ansiosas de nuevas revelaciones. Metíanse en los portales solitarios, y allí, sobre la tapa de la cesta, soltaba la gitana los mugrientos naipes ocultos bajo el mantón. Todo salía: el hombre moreno que penaba por la sirvienta, pero al cual ligaba con malas artes una mujer blanca, que había que vencer; después, el hombre rubio, muchas veces con espada (un militar), que se presentaría para llevársela sobre un caballo tordo; luego salían por dos veces los oros: dinero y más dinero...
—Tú has heredao argo—afirmaba la gitana con una convicción que no admitía réplica.
—¡Qué he de heredar yo, pobre de mi!—contestaba la sencilla criada.
—Bueno; pues heredarás.
Y seguía el juego. La sota: otra vez la mala mujer, que había de ser su perdición si no la anonadaba haciendo lo que ella le dijese.
Cuando la muchacha, aturdida por este parloteo, y dudando si emplear sus ahorros en el gran remedio que le proponía para sujetar al novio infiel, acababa por entregarle dos reales, la gitana prorrumpía en lamentos y súplicas.
—Reina, añade aunque no sea mas que un realillo. ¡Con esa carita de clavel, y tan agarrá! Anda, grasiosa, que tienes ojillos de Virgen... Mira que tengo un ganao de churumbeles que no levantan del suelo tanto así, y están muertesitos de nesesiá. Mi hombre lo tengo baldao; mi bato... ¡mi pare! está en las últimas; mi probesita dai se me murió; mi plan (mi hermano, ¿entiendes?) está en el presidio de Alcalá...
Y seguía enumerando desgracias y muertes, como si la peste negra hubiese pasado por las Cambroneras.
—Vaya, presiosa, suerta un poquito más de jurdé, que por eso no vas a quedar probe. No te pido papiris der Banco; suerta manque sean tres perrillas más.
En sus exploraciones en torno del mercado, cuando vagaban aburridas, sin encontrar parroquianas, plantábanse audazmente ante los hombres que salían de las tabernas o los comerciantes que tomaban un poco de aire a la puerta de sus establecimientos.