El gitanillo esperaba a su madre y a su mujer, pensando en la cena, sin atreverse a subir a casa de don Isidro, y apenas veía a su cónyuge, gritaba con mal humor:

Chalate al quer (vamos a casa).

Se iban las gitanas, pero al verse solo Maltrana con Feli, aumentaba su tristeza, como si viese con más claridad lo pavoroso de su situación.

Ya había llegado la época tan esperada por él. Comenzaba el frío; volvían a Madrid, terminado su veraneo, los que podían proporcionarle trabajo, y sin embargo, su situación no mejoraba.

Apenas tuvo noticia de la llegada del marqués de Jiménez, corrió a visitar al grave personaje, para incitarle a que escribiese otro libro. ¡Terrible acogida!

—¡Contento me tiene!—dijo el senador frunciendo el entrecejo—. ¡En seguida voy a colaborar otra vez con usted! La juventud es indiscreta.

Y siguió lamentándose, como lastimado por su excesiva confianza en un ser inferior.

Había sido, durante el verano, objeto de la risa de todos los amigos. ¡Lo que se habían burlado en San Sebastián los de la tertulia del jefe!... Decían a gritos que el libro no era suyo; que se lo había escrito un joven a cambio de unas pesetas, y que este joven se divertía a su costa citando autores fantásticos, copiando párrafos de libros que no existían.

—De eso último no hago caso—dijo el marqués con magnanimidad de hombre justo—. A cada cual lo suyo. El libro está muy bien; lo que en él se dice es pura verdad, ¡si lo sabré yo!... y lo de los autores falsos y los libros inventados, todo envidia, envidia nada más... A mí lo que me molesta no es esto, sino que digan que el libro no es mío, que me pongan en ridículo ante el jefe, que, como usted sabe, me honró con un prólogo... Y de esto, toda la culpa es de usted, que no ha guardado prudencia, que ha hablado con el aturdimiento de la juventud y me ha puesto en ridículo, sí señor, en un ridículo que hace gran daño a mi carrera política.

Maltrana, anonadado por la cólera del personaje, intentó defenderse. No había hablado de la paternidad del libro: y era verdad. Tal vez sus enemigos se enterarían de que era él quien iba a la imprenta para corregir la obra; tal vez la indiscreción viniese de otro lado... pero él lo juraba: nada había dicho.