Feli seguía quejándose entre sueños.
—Frió... mucho frío... Tengo los pies de hielo.
Maltrana se quitó la chaqueta, una prenda de verano que aún subsistía sobre sus hombros como testimonio de pobreza, y la extendió encima de la cama.
El fuego mortecino iba extinguiéndose. Isidro pensó con envidia en la fuerza de los obreros. De tener el vigor de un albañil, de un peón del adoquinado, arrancaría una puerta, haría astillas una ventana para mantener el fuego; se defendería de la noche cruel, eterna como la muerte. Lamentaba su miseria física, que añadía nuevas tristezas a su situación. Estaba desarmado para la vida: el último de los vagabundos que marchaba por las carreteras valía más que él, con toda su cultura inútil.
Fuego... necesitaba lumbre. Se lo pedía Feli angustiosamente, en el tormento de la congelación que turbaba su sueño.
Miró con rabia los papeles y libros apilados en un rincón. En Madrid no encontraba quien le diese pan, pero siempre volvía a casa con los bolsillos llenos de papeles. Los camaradas le ofrecían periódicos para que leyese sus artículos; los autores le regalaban libros con pomposas dedicatorias. «Al erudito y notable escritor Isidro Maltrana, su admirador...» ¡Le admiraban! ¿Por qué? Tal vez por su miseria. Vendía los libros por unos cuantos reales, por lo que querían darle, y sin embargo, siempre tenía volúmenes en su casa: versos tristes de gentes con salud y medios para defenderse del hambre; novelas sobre crisis de las almas; tratados para resolver el conflicto social. El papel le perseguía, le rodeaba; había nacido para ser su siervo. ¡Siempre el papel, negro de tinta, acosándolo, cerrándole el camino! Mientras tanto, el pan y el bienestar huían de él, yéndose en busca de los brutos.
Con la cólera que le inspiraban estos pensamientos, arrojó en el triste rescoldo un volumen, el primero que halló a mano. El papel grueso y brillante se ennegreció, al mismo tiempo que de sus páginas, encorvadas por el fuego, surgía una llama, esparciendo denso humo por la habitación.
Ni calor podía dar el maldito papel, motivo de envidias y locuras para muchos imbéciles. Y temiendo que el humo le obligase a abrir la ventana, cogió la cazuela con el volumen chamuscado, llevándola a la cocina.
Al volver, paseó largo rato con los brazos cruzados y las manos en los sobacos, temblando de frío, agitando sus piernas violentamente, como si temiese quedar yerto.
Feli abrió los ojos y mostró asombro al ver a Isidro en mangas de camisa. Iba a constiparse: hacía mucho frío. ¿Dónde tenía sus ropas?...