En el barrio de las Carolinas, más allá de Tetuán, albergue de las gentes de la busca, tenía a su abuela, la señora Eusebia, conocida por la Mariposa, una de las traperas más antiguas.

Maltrana iba a verla en su casucha de ladrillos, que pasaba por ser el mejor edificio del barrio, y eso que el joven podía tocar con las manos su alero de tejas viejas.

En el corral, delante de la casa, roncaban tres cerdos negros y enjutos, hociqueando la basura. Las gallinas picoteaban en medio tonel lleno de garbanzos deshechos, judías despanzurradas y huesos de aceituna, todo formando un plasma repugnante. Eran residuos de comida recogidos en las casas; los restos de los pucheros que nutrían a Madrid.

La vieja le saludaba con cariño y respeto, viendo en él la gloria de la familia. Sus ojos lacrimosos y enrojecidos le miraban acariciadores, pero al mismo tiempo no se atrevía a tenderle los brazos, a poner en él sus manos negras y huesosas, con los dedos cargados de sortijas de latón. Su nariz de bruja y su barbilla saliente asomaban bajo un pañuelo rojo que la oprimía las sienes. Un trozo de mantón sujeto al talle con una cuerda servíale de corsé y de faja. El jubón era de seda negra, quemada por el tiempo, y se abría por todos lados, mostrando, al través de la urdimbre, en unas partes la camisa de blancura amarillenta, en otras la amojamada carne de un tono verdoso de bronce oxidado. Calzaba pantuflas de distinto tamaño y color, una roja y otra azul, adquiridas al azar de la busca. La falda estaba matizada de grandes remiendos, pero bajo estos andrajos superpuestos aún se revelaba en varios sitios el bordado del primitivo terciopelo.

Maltrana veía con amarga conmiseración los ojillos pitañosos de la vieja, su boca sumida en una aureola de arrugas, moviéndose al hablar con gestos cabríos, las mejillas resinosas de suciedad, pulidas y brillantes, en las que el agua debía producir el doloroso efecto de un escopetazo. ¡Y de aquel ser procedía él! ¡Y aquella carne era su carne!...

La vieja le recibía con grandes ademanes de admiración. ¡Qué guapo! ¡Qué señorito tan arrogante! Todo el barrio conocía su entusiasmo por aquel nieto que era un sabio, un futuro personaje, del que hacían, según ella, gran caso en Madrid.

Abandonaba su tarea de escoger en los montones de basura y hacía sentar a Maltrana en el mejor mueble de la casa, un banco procedente de un tranvía viejo que había comprado por entero con la ayuda de su camarada el señor Polo: magna empresa para la que juntaron sus capitales.

La señora Eusebia no podía ver a Isidro sin lamentar inmediatamente la triste suerte de su hija.

Había querido convertirse en madrileña: la daba vergüenza ser trapera. Así había pasado su vida, rabiando como una condenada. Primeramente abandonó el barrio para meterse a servir en una casa grande. ¡Servir, cuando su madre tenía una industria honrada y un pedazo de pan!... Todos los comerciantes de Tetuán iban tras de ella; y no eran pelambres de los que entran en Madrid con el saco al hombro y recogen la basura de casas de poco más o menos, sino negociantes de carro y burro, que se plantaban como unos señores ante las verjas de los hoteles de la Castellana o subían a los mejores pisos de la calle de Serrano.

«Tía Mariposa, que la chica me gusta.» «Señá Usebia, que yo quiero ser su yerno.»