—Anoche, en el cuartel de Somontes, le largaron una perdigonada al Bonifa, un pobre muchacho que no sabe huir el bulto... Hace una semana, pillaron en El Goloso al Bastián y al Paleto, les dieron una paliza de muerte, y ahora están en la cárcel de El Escorial... En el cuartel de Caños Quebrados hay un puñalero guarda que primero hace fuego y después da el alto. En Navachescas hay otro ladrón que lleva muertos dos dañadores, y, según dicen, tiene ganas de verme delante de su escopeta.

Isidro y el vendedor de periódicos cruzaban una mirada de inteligencia. Era cosa convenida: lo dejarían para más adelante. Pero el Mosco, de pronto, como si quisiera divertirse con su pavor, mostró empeño en llevarles a una expedición; y los dos amigos, por amor propio y que no se burlara de ellos, aceptaron la propuesta.

¡Adelante con la cacería! No iban a tener tan mala suerte que tropezasen con los guardas por ir al bosque una sola noche, cuando el Mosco llevaba meses y aun años sin verles.

Se citaron para el anochecer del día siguiente en el «Ventorro de las Latas», y al caer la tarde reuniéronse en la glorieta de los Cuatro Caminos el señor Manolo y Maltrana.

Iban con sus peores ropas—aunque ninguno de los dos sabía ciertamente cuáles podían llamarse mejores—, con viejas boinas echadas sobre los ojos, y un aspecto recatado y misterioso de conspiradores convencidos de lo pavoroso de su misión. El capataz de periódicos guiaba, como conocedor del punto de la cita. Abandonaron la carretera en Bellasvistas, y anduvieron por un camino hondo, entre tejares y tapias de huerta, junto a las cuales pasaban, espumosas y susurrantes, las aguas de un canal.

Comenzaba a anochecer. El cielo era de color violeta; las lomas obscuras que cerraban el horizonte hacían resaltar sobre una faja de oro mortecino los negros bullones de la arboleda de sus cimas. Una estrella nadaba con lácteo fulgor en la bruma suave del crepúsculo. Sonaban lentas y melancólicas las esquilas de invisibles rebaños; ladraban al borde del camino los perrillos de las huertas; chirriaban a lo lejos los carros; comenzaban a iluminarse las ventanas de las casas rústicas esparcidas en aquellas tierras de labor que alternaban con los solares.

Encontraron al Mosco sentado en un pedrusco cercano a la venta.

—Quedaos por ahí—dijo en voz baja—. Entrad a tomar una copa, y no me habléis hasta que os llame.

Los dos amigos se sentaron bajo un emparrado, a la puerta de la venta. Era una cabaña de techo bajo, ahumada por dentro, sin otros respiraderos que la puerta y dos ventanucos. Estaba construida con botes viejos de conservas, que reemplazaban a los ladrillos; el techo era de latas de petróleo enrojecidas y oxidadas por la lluvia. Unos tablones carcomidos empotrados en la pared exterior servían de bancos. El «Ventorro de las Latas» era el punto de reunión de los dañadores antes de emprender la marcha.

Comenzó a cerrar la noche. Maltrana, a la escasa luz que aún quedaba en el ambiente, vio llegar a los cazadores. Reconocía su organización recordando los relatos del Mosco. Cada pareja de hombres era una «cuadrilla»; compañeros de vida y muerte, que no se abandonaban en el peligro, que al huir en distintas direcciones sabían por instinto dónde encontrarse, partiéndose con fraternal equidad el producto de la caza.