El llamado Maltrana hizo un gesto de indiferencia al mismo tiempo que encendía su cigarro. Era un joven de escasa estatura, pobremente vestido. Su sombrero de cinta mugrienta, echado atrás, dejaba al descubierto una frente abombada y enorme, que parecía abrumar con su peso la parte baja del rostro, de un moreno verdoso. Los ojos de corte oblicuo y el bigote ralo, de desmayados pelos, daban a su cara una expresión asiática; pero el brillo de las pupilas, revelador de una inteligencia despierta, dulcificaba el inquietante exotismo de su figura.
Toda su persona denunciaba la miseria de una juventud que lucha desorientada, sin encontrar el camino. Sus botas mostraban los tacones rotos y el cuero resquebrajado bajo los roídos bordes del pantalón. Un macferlán de un negro rojizo servíale de abrigo, y por entre las solapas mostraba con cierto orgullo su único lujo, el lujo de la juventud mísera, una gran corbata de colores chillones, que ocultaba la camisa, y un cuello postizo, alto, de rígida dureza, pero cuyo brillo había tomado, con el uso, una blancura amarillenta de mármol viejo.
—¿Qué hay de política?—dijo otra vez el empleado.
Y Maltrana terminó su gesto de indiferencia. Los cambios de ministerio y lo que se decía en el Congreso le inspiraba escaso interés. Allá en la redacción, donde pasaba la noche, hablaban horas enteras de tales cosas, sin que él se esforzase por retener en su memoria una sola palabra, abstraído en la lectura de periódicos y revistas. ¿Cómo podían interesar a nadie tales futilidades?... Pero con el deseo de agradar a aquel buen amigo que le trataba con cierto respeto por escribir en los papeles públicos, hizo un esfuerzo y contestó, sin saber ciertamente lo que decía:
—Sí, creo que el gobierno va a caer. Algo he oído de eso en la redacción.
—¿Y los «hombres»? ¿Qué dicen los «hombres» de estas cosas?
Isidro Maltrana sabía que los tales «hombres» eran los redactores del periódico en que él trabajaba, los que tejían el artículo de fondo y la información política, los «pájaros gordos», como los designaba por antonomasia el empleado, viendo en ellos a los depositarios del secreto nacional, a los únicos profetas del porvenir.
—Pues los «hombres»—contestó el joven con cierta timidez, como si le repugnase mentir—creen que esto marcha bien y que muy pronto vendrá «la nuestra».
—Lo mismo digo yo.
Y tras esta afirmación enérgica, que rebosaba fe, el empleado miró con cierta envidia a aquel joven de mísera facha, que podía tratarse de igual a igual con los «hombres».