Adivinó el joven la proximidad de la cabaña viendo correr hacia él una banda de perros. Eran los compañeros de Zaratustra. Los había de varias razas y tamaños, todos sucios, con los ojos amarillentos y una baba rabiosa en los colmillos: animales casi salvajes, que sólo de tarde en tarde veían llegar algún pobre, y sentían feroz extrañeza ante Isidro, irritados por su exterior de hombre de ciudad.

No ladraban. Aproximáronse, mudos, rechinando los dientes con franco propósito de morder, extendiendo sus zarpas hacia los pantalones. El joven cogió una piedra, llamando con fuertes gritos a Zaratustra y a la señora Eusebia.

Sonó detrás de la cabaña un silbido y la vocecilla de Polo llamando a sus canes. Isidro pudo seguir adelante escoltado por el fiero grupo, que giraba en torno de él, oliéndole las ropas.

Pasó entre el carro y una pared baja, y entró en una plazoleta que tenía al frente la campiña, con Madrid en el fondo, y a un lado las obscuras lomas de la Casa de Campo. El resto de la plazoleta estaba cerrado por las tres cabañas que constituían la vivienda y dependencias del gran Zaratustra. Este se hallaba sentado en un cubo, cosiendo con bramante unos pedazos de alfombra vieja que habían de servir de manta a la mula.

—Perdona que no me levante—dijo con su voz de niño—. Tú eres de casa. ¡Ay, estas piernas!...

Había sustituido la casulla de piel de conejo con la otra de las grandes solemnidades: la de espejuelos y cintajos de colores, que le daba el aspecto de un salvaje de teatro.

Era un resto de su antigua alegría, un recuerdo de aquellos años en los que bajaba por Carnaval al centro de Madrid cubierto de sus más vistosos harapos, aceptando la extrañeza y la burla de las gentes como testimonio de admiración. Seguía la costumbre de desfigurarse con adornos bravíos cuando llegaba la fiesta, pero se quedaba en casa, vencido por el reúma senil que inmovilizaba sus piernas.

Maltrana contempló curiosamente la mansión de Zaratustra, agrandada con nuevas edificaciones desde la última vez que la había visto. La actividad del anciano, su raro talento para sacar provecho de los despojos, le hacían vivir en una perpetua reforma de su casa. El trapero sonrió viendo el asombro del joven.

—¿Qué te parece?... Esto ha crecido mucho; esto es el palacio real de Tetuán. Vienen señores de Madrid sólo por verlo: sobre todo, pintores... Este cuerpo es el almacén—y señalaba la cabaña en cuya puerta permanecía sentado—. Lo de enfrente es la cocina y la cuadra. Tiene comunicación con el cuerpo central, la antigua casa, donde vivimos tu abuela y yo.

Maltrana sentía deseos de reír ante la majestad con que Polo hablaba de su vivienda, señalando sus diversas partes. El lo había construido todo, con la ayuda de su criado, dándole la solidez de un castillo.