—Vamos, muchacha, no digas tonterías. ¿Es que habéis bebido esta tarde?...
—Tú eres un orgulloso, Isidro—continuó la máscara, hablando con precipitación, como si temiese que lo faltara el ánimo antes de acabar—; tú eres un fatuo, que, admirado de tu importancia, no te fijas en nadie. Estás tan orgulloso de que te llamen sabio, que no miras a las gentes, ni tienes pizca de talento para adivinar lo que piensan los que te rodean.
Maltrana la oía con extrañeza.
—Pero ¿qué tonterías dices, niña? ¿Es que estás borracha?
Todas las máscaras se habían alejado hacia la cañada, donde sonaban los gritos de juguetonas persecuciones. Estaban solos; pero a pesar de esto, el bebé hablaba con su voz atiplada de máscara, fijando, a través de los agujeros del antifaz, sus ojos negros y profundos en los de Isidro.
—Yo no soy Feliciana, pero soy su mejor amiga. Ella es como yo misma... más que si fuésemos hermanas. ¿Y sabes lo que dice Feliciana?... Que eres un orgulloso; que por más que ella te mira, tú nunca te fijas en ella; que te parece muy poca cosa porque vive en las Carolinas y va a la fábrica de gorras... ¡Claro! ¡Como el señor vive en Madrid, y escribe en los papeles, y viste de señorito!... ¡A saber si tendrá en los Madriles cómicas que se lo disputen, señoronas que le hagan el amor!...
Maltrana reía de la candidez de la muchacha. Aquella infeliz se imaginaba su existencia como una carrera de abundancias y triunfos. Su credulidad resultaba una ironía cruel.
—Pero muchacha—dijo—, tú has bebido. Tú estás chispa, Feliciana.
—¡Y dale con Feliciana!—repuso ella con tono irritado—. Ya te he dicho que no lo soy. Si lo fuese, te diría cuatro frescas, y con motivo; ¡orgulloso! ¡pelambre! ¡golfo con pretensiones!... Pero no te enfades. Te digo esto porque llevo la careta puesta, y porque antes nos han hecho beber un poquito allá arriba. ¡Pobre Feliciana! ¡Pobres mujeres!... Los hombres habéis arreglado las cosas de tal modo, que nosotras tenemos que callarnos y reventar de pena si es que no nos adivinan. Y tú, golfito serio, con toda tu sabiduría, eres tan incapaz de adivinar, tan ciego... que no sabes distinguir entre Feliciana o las cachuelas de conejo a que te convida su padre.
Maltrana era ahora el que se sentía turbado, no sabiendo qué contestar. Su timidez encogíase ante la audacia con que se expresaba la mascarita.