—Alza, Feli: vamos a darnos dos vueltecitas. A ver cómo meneas ese cuerpecito gitano.
Ninguno de los dos sabía bailar. Isidro, en sus tiempos de estudiante, había tomado lecciones de sus amigas de los cafés cercanos a la Universidad. Feliciana había bailado con sus compañeras, y fue ella la que, guiada por el instinto femenil, siguió mejor el ritmo de la música, arrastrando a su pareja.
¡Valiente cosa les importaba bailar bien o mal y que se rieran o no los parroquianos del merendero!... Lo interesante era estar en brazos uno del otro, pegados desde el pecho a las rodillas, transmitiéndose el alma con el calor de sus cuerpos, confundiendo los alientos.
Sentían una alegría loca, como si el sorbo de cerveza, que acababan de beber contuviese todas las embriagueces de la tierra. No se besaban por un resto de pudor, por miedo a la gente, pero sus labios secos, acariciados por la humedad de la lengua, parecían atraerse al través de la pequeñísima distancia que los separaba.
Cuando abandonaron el merendero, iban con paso vacilante, silenciosos, por la soledad del campo.
Se detuvieron en las inmediaciones del Canalillo. La luna reflejaba su cara bonachona en el cristal azul del agua que transcurría silenciosa.
Los dos huyeron de la luz. Querían descansar; sentíanse sin fuerzas para seguir adelante, y se detuvieron junto a un desmonte, ocultándose en la sombra que proyectaba la masa de tierra.
Sonaron en la penumbra suaves chasquidos, apagadas voces de protesta.
Feli hablaba quedamente, con llorosa voz.
—Júrame que no me abandonarás. Que me querrás siempre... que no me desprecias porque soy débil contigo... porque te quiero.