—¡Aquí! ¡al tío que se ha vuelto loco y todo lo regala!—gritaba uno con voz de trueno.

—¡Lleven y compren!—mugía otro—. ¡Aire!... ¡Marchen, marchen!

Entre la miseria sórdida y gris acumulada en los puestos de las aceras brillaba de pronto un fulgor, deslumbrando a los curiosos. Era una instalación de objetos de bronce, bien fregoteados para la, venta del domingo: braseros de cúpula dorada, almireces, vasijas de cocina, y entre estas piezas, gran cantidad de revólveres vizcaínos, de una baratura que hacía temblar por la suerte de los que osasen dispararlos.

Feli y su amante deseaban adquirir la cama antes que los otros muebles, y se detenían indecisos al ver en los puestos y en las puertas de las tiendas camas de todas clases, de hierro y de madera, unas plegadas, otras extendidas, con su colchón de muelles. La muchacha deteníase, asombrada por esta abundancia, indecisa, desorientada, gustándole varias a un tiempo y sin decidirse por ninguna.

Maltrana la hacía seguir adelante. Aún quedaba mucho por ver: estaban en la entrada del Rastro. Abajo, en las Américas tenía él amigos, tenía parientes: ellos les indicarían lo más ventajoso.

En la parte baja de la Ribera pululaban los golfos ofreciendo «las buenas botellas modernistas de cristal tallado... a real». Unas mujeres atraían en torno de ellas gran aglomeración de gentes de su sexo, ofreciendo «las magníficas medias escocesas de hilo... a tres reales el par».

Maltrana se introdujo en el corro femenil, llevando del brazo a Feli. Quería que fuese para ella la primera compra que hiciesen juntos; ¡a ver!... unos cuantos pares de los más bonitos: media docena. La joven le tiraba del brazo protestando con voz queda. Era un disparate: ¿para qué media docena? Jamás había tenido tantas... No debía derrochar el dinero.

Pero Maltrana le impuso silencio fingiéndose enfadado.

—Usted, señora mía, tomará lo que le den... Vamos, Feli, págale a esta buena mujer, ya que eres el ama del dinero.... ¡Pues poco bonita que va a estar mi nena cuando meta en estas envolturas de colores sus pantorrillas de diosa!...

Se alejaron del corro, llevando ella el regalo en un paquete. Ruborizábase por el carácter íntimo del obsequio y murmuraba al oído de su amante: