¿Qué faltaba en su existencia?... ¡Ay!... Renovales sonreía irónicamente. Acudía de golpe á su memoria toda su vida en tumultuoso agolpamiento de recuerdos. Fijaba una vez más su mirada en aquella mujer de luminosa blancura, semejante á un ánfora de nácar, con los brazos en torno de la cabeza, los pechos enhiestos y triunfadores, los ojos puestos en él, como si le conociera muchos años, y repetía mentalmente, con expresión de amargura y desaliento:
—¡La maja de Goya!... ¡La maja desnuda!...
II
Al recordar Mariano Renovales los primeros años de su vida, su sensibilidad, siempre exquisita para las impresiones exteriores, evocaba un incesante choque de martillos. Desde que asomaba el sol hasta que la tierra comenzaba á entenebrecerse con la penumbra del crepúsculo, cantaba el hierro ó gemía en el suplicio del yunque, haciendo temblar las paredes de la casa y el piso del alto cuartucho donde Mariano jugueteaba, tendido en el suelo, junto á los pies de una mujer pálida, enfermiza, de ojos graves y profundos, la cual dejaba con frecuencia su costura para besar al pequeño con repentina vehemencia, como si temiese no verle más.
Aquellos martillos incansables, que habían acompañado el nacimiento de Mariano, le hacían saltar de la cama apenas apuntaba el día y bajar á la fragua para calentarse junto al incandescente fogón. Su padre, un cíclope bondadoso, velludo, tiznado de negro, iba de un lado á otro revolviendo hierros, manejando limas, dando órdenes á sus ayudantes con fuertes gritos, para que pudiesen oirle en el estrépito del martilleo. Dos mocetones despechugados braceaban jadeantes sobre el yunque, y el hierro, unas veces rojo y otras dorado, saltaba en chorros luminosos, se esparcía en ramilletes crepitantes, poblaba el negro ambiente de la fragua de un enjambre de moscas de fuego que iban á morir, apagadas y negras, en el hollín de los rincones.
—Cuidado, pequeño—decía el padre abarcando su cabeza tierna de pelos finos y ensortijados con una de sus manazas.
El chiquitín sentíase atraído por los colores del hierro ardiente, hasta el punto de que, con la inconsciencia de la niñez, intentaba algunas veces apoderarse de aquellos fragmentos que brillaban en el suelo como estrellas caídas.
Su padre lo empujaba fuera de la fragua, y más allá de la puerta negra de hollín veía Mariano extenderse, cuesta abajo, en el torrente de luz solar, los campos de tierra roja, cortados en figuras geométricas por lindes y ribazos de piedra; en el fondo, el valle, con grupos de álamos orlando el tortuoso cristal de un río, y enfrente las montañas cubiertas hasta sus cimas de obscuros pinares. La fragua estaba en las afueras de un pueblo, y de éste y de las aldeas del valle llegaban los encargos que mantenían la herrería: ejes nuevos de carro, rejas de arado, hoces, palas y horquillas necesitadas de compostura.
El incesante golpear de los martillos parecía conmover al pequeño, infundiéndole una fiebre de actividad, arrancándolo de sus juegos infantiles. Á los ocho años agarrábase á la cuerda del fuelle y tiraba de ella, extasiándose en la contemplación del charro de chispas que arrancaba la corriente de aire á los encendidos carbones. El buen cíclope mostrábase satisfecho del vigor de su hijo, robusto y fuerte como todos los de su familia, con unos puños que imponían respeto á los chicuelos del lugar. Era de su sangre. De la pobre madre, débil y enferma, sólo tenía su predisposición al silencio y al aislamiento, permaneciendo horas enteras, cuando se amortiguaba en él la fiebre de actividad, en muda contemplación de los campos, del cielo ó de los arroyos que bajaban saltando sobre guijas para confundirse con el río en lo más hondo del valle.
El pequeño aborrecía la escuela, mostrando un santo horror á las letras. Sus manos fuertes temblaban indecisas al intentar escribir una palabra. En cambio su padre y las demás gentes de la fragua admirábanse de la facilidad con que sabía reproducir los objetos por medio de un dibujo sencillo, ingenuo, en el que no se escapaba detalle alguno del natural. Llevaba siempre los bolsillos llenos de carbones y no veía una pared ó una piedra de cierta blancura, sin que al momento dejase de trazar en ella una copia de los objetos que herían sus ojos por alguna particularidad saliente. Los muros exteriores de la herrería estaban ennegrecidos por los dibujos de Marianillo. Trotaban á lo largo de las paredes, con el hocico contraído y la cola enroscada, los cerdos de San Antón, que vagaban por el pueblo mantenidos por la caridad pública para ser rifados en la fiesta del santo, y en medio de esta procesión panzuda destacábanse los perfiles del herrero y de todos los obreros de la fragua, con una inscripción al pie para que no surgiesen dudas sobre su identidad.