Y cerrado el estudio á los sacerdotes y demás amigos respetables, llegaba Rodríguez, un guardia municipal, pisando fuerte, con la colilla bajo el recio bigote de púas salientes y una mano en la empuñadura del sable. Expulsado de la guardia civil por borracho y cruel, al verse sin ocupación, no se sabe por qué extraña iniciativa, se dedicó á modelo de pintor. El devoto artista, que le tenía cierto miedo, acosado por sus continuas peticiones, le había alcanzado este empleo de guardia municipal, y Rodríguez aprovechaba todas las ocasiones para manifestar su agradecimiento de mastín, golpeando los hombros del maestro con sus manazas y echándole á la cara su resuello de nicotina y alcohol.
—¡Don Rafael! ¡Usted es mi padre! Al que le toque á usted, le corto esto, aquello y lo de más allá.
Y el místico artista, satisfecho interiormente de esta protección, ruborizábase y agitaba las manos protestando de la franqueza de aquel bruto que llamaba por sus nombres á las cosas ocultas que deseaba cortar.
Arrojaba su kepis en el suelo, entregaba á Mariano el pesado chafarote y, como hombre que sabe su obligación, sacaba del fondo de un arca una túnica de lana blanca y un guiñapo azul en forma de manto, colocando ambas prendas sobre su cuerpo con la maestría de la costumbre.
Mariano le miraba con ojos de asombro, pero sin ninguna tentación de reir. Eran misterios del arte; sorpresas que sólo estaban reservadas á los que, como él, tenían la suerte de vivir en la intimidad de un gran maestro.
—¿Estamos, Rodríguez?—preguntaba impaciente don Rafael.
Y Rodríguez, erguido dentro de su bata de baño, con el andrajo azul pendiente de los hombros, juntaba las manos y elevaba su mirada feroz al techo, sin dejar de chupar la colilla que le chamuscaba el bigote. El maestro sólo necesitaba el modelo para los paños de la imagen, para estudiar el plegado del celeste vestido, el cual no debía revelar el más leve indício de humanas redondeces. Jamás había pasado por su imaginación la posibilidad de copiar á una mujer. Era caer en el materialismo, glorificar la carne, llamar á la tentación. Con Rodríguez bastaba: había que ser idealista.
El modelo seguía en su mística actitud, con el cuerpo perdido en los innumerables pliegues de su vestidura azul y blanca, asomando por debajo de ésta las puntas romas de sus botas de ordenanza, irguiendo su cabeza grotesca y chata, rematada por una pelambrera hirsuta, tosiendo y carraspeando con el humo de su cigarro, sin dejar de mirar á lo alto ni separar sus manazas juntas en ademán de adoración.
Algunas veces, fatigado del mutismo laborioso del maestro y el discípulo, Rodríguez lanzaba algunos mugidos que poco á poco tomaban forma de palabras y acababa por enfrascarse en el relato de las hazañas de su época heroica, cuando era guardia civil y «podía darle un mal golpe á cualquiera pagando después con un papel». La Purísima se enardecía con estos recuerdos. Se separaban sus manazas con un temblor de voluptuosidad homicida; se descomponían los rebuscados pliegues: sus ojos veteados de sangre ya no miraban á lo alto, y hablaba con voz bronca de tremendas palizas, de hombres agarrados por su parte más sensible que caían al suelo enroscándose de dolor, de fusilamientos de presos que después se presentaban como fugas; y para dar mayor relieve á esta autobiografía declamada con bestial orgullo, salpicaba sus palabras de interjecciones que tan pronto aludían á las partes más intimas del organismo humano, como faltaban á todo respeto á los primeros personajes de la corte celestial.
—¡Rodríguez! ¡Rodríguez!—exclamaba horrorizado el maestro.