Estas compras eran un rayo de alegría para Cotoner, que llegaba al estudio de Renovales con la frente alta y una sonrisa de falsa modestia.

—He hecho una venta, chiquillo. Un Papa... el grande: el de dos metros.

Y con súbita confianza en su talento, hablaba del porvenir. Otros deseaban medallas, triunfos en las exposiciones; él era más modesto. Se daba por contento con adivinar quién sería Papa cuando muriese el actual, para ir pintando retratos suyos, por docenas, con alguna anticipación. ¡Qué triunfo lanzar la mercancía al día siguiente del Conclave! ¡Una verdadera fortuna! Y conocedor de todos los cardenales, pasaba revista en su memoria al Sacro Colegio, con una tenacidad de jugador de lotería, dudando entre la media docena que aspiraban á la tiara.

Vivía como un parásito entre los altos personajes de la Iglesia, pero era indiferente en religión, cual si el trato con aquéllos le hubiesen arrebatado toda creencia. El anciano vestido de blanco y los otros señores rojos, le infundían respeto porque eran ricos y servían indirectamente á su mísera industria de retratos. Toda su admiración era para Renovales. En los estudios de los otros artistas acogía las bromas mortificantes con su sonrisa plácida de eterno agradador; pero que no hablasen mal de Mariano, que no discutiesen su talento. Para él, Renovales sólo podía producir obras maestras, y en su ciega admiración, llegaba á extasiarse ingenuamente ante los cuadros de caballete que pintaba para su empresario.

Algunas veces Josefina presentábase de improviso en el estudio de su marido, charlando con él mientras pintaba, alabando los lienzos que eran de asunto bonito. Prefería en estas visitas encontrarle solo, pintando de fantasía, sin otra ayuda que unas ropas puestas sobre un maniquí. Sentía cierta repugnancia por los modelos, y en vano intentaba Renovales convencerla de su necesidad. Él tenía talento para pintar cosas hermosas sin apelar al auxilio de aquellos tíos ordinarios, y sobre todo, de las mujeres, unas hembras mal peinadas, de ojos de brasa y dientes de loba, que le parecían temibles en la soledad y el silencio del estudio. Renovales reía. ¡Qué disparate! ¡Celosilla! ¡Como si él, con la paleta en la mano, fuese capaz de otros pensamientos que los de su arte!...

Una tarde Josefina, al entrar de pronto en el estudio, vio sobre la tarima del modelo una mujer desnuda, tendida en unas pieles, mostrando las redondeces de su torso, de un color amarillento. La esposa apretó los labios y fingió no verla, oyendo con aire distraído á Renovales, que explicaba esta innovación. Estaba pintando una bacanal y le era imposible pasar adelante sin modelo. Era una necesidad: la carne no podía hacerse de memoria. La modelo, tranquila ante el pintor, sintióse avergonzada de su desnudez en presencia de aquella dama elegante, y luego de arrebujarse en las pieles, se ocultó tras un biombo, vistiéndose con apresuramiento.

Renovales se serenó al volver á su casa, viendo que su mujer le recibía con la efusión de siempre, como si hubiera olvidado su disgusto de la tarde. Rió oyendo al famoso Cotoner; fueron después de la comida á un teatro, y al llegar la hora de dormir, el pintor ya no se acordaba de la sorpresa en el estudio. Comenzaba á dormirse cuando le alarmó un suspiro doloroso, prolongado, como si alguien se asfixiase junto á él.

Al dar luz vió á Josefina con los puños en los ojos, derramando lágrimas, agitado su pecho por estremecimientos de angustia, moviendo los pies con una rabieta de niña, que apelotonaba las ropas de la cama echando abajo el rico edredón.

—¡No quiero! ¡No quiero!—gemía con acento de protesta.

El pintor había saltado de la cama, lleno de inquietud, yendo de un lado á otro sin saber qué hacer, intentando apartar sus manos de sus ojos, cediendo, á pesar de su fuerza, á los movimientos de Josefina para desasirse.