La atormentaban incesantemente los celos, amargando su pensamiento, devorando su vida; unos celos inconsolables, por lo mismo que no encontraban nada real en que apoyarse.
Sentía una tristeza inmensa al reconocer su fealdad, una envidia insaciable contra todos, un deseo de morir, pero matando antes al mundo para arrastrarlo en su caída.
Las ingenuas caricias de su esposo la irritaban como un insulto. Tal vez creía amarla; tal vez se aproximaba á ella de buena fe; pero leía en su pensamiento y encontraba en él á la irresistible enemiga, á la rival que la anonadaba con su belleza. Y esto no tenía remedio. Estaba unida á un hombre que sería fiel, mientras viviese, á la religión de lo hermoso, sin apostatar jamás de ella. ¡Ay! ¡Cómo se acordaba de aquellos días en que defendía del marido su cuerpo primaveral que intentaba pintar! Si ahora volviesen á ella la juventud y la belleza, arrojaría impúdicamente todas las envolturas, se plantaría en medio del estudio con la arrogancia de una bacante, gritando:
—Pinta; hártate de mi carne, y siempre que pienses en tu eterna querida, en esa que llamas la Belleza, procura verla con mi misma cara; que tenga mi mismo cuerpo.
Era una inmensa desgracia vivir unida á un artista. Jamás casaría á su hija con un pintor: antes verla muerta. Los que llevaban dentro el demonio de la forma, sólo podían vivir tranquilos y felices con una compañera eternamente joven, eternamente bella.
La fidelidad de su marido, la desesperaba. Aquel artista casto, estaba rumiando siempre en su pensamiento el recuerdo de bellas desnudeces, imaginaba cuadros que no se atrevía á pintar por miedo á ella. Con su penetración de enferma parecía leer estos anhelos en la frente de su esposo. Mejor hubiese preferido una infidelidad cierta: verle enamorado de otra mujer, enloquecido por una pasión sexual. De este viaje, fuera de los límites del matrimonio, podría volver, fatigado y humilde, pidiéndola perdón; pero del otro, no volvería nunca.
Renovales, al adivinar esa tristeza, emprendió con ternura la curación moral de su mujer. Evitó hablar en presencia de ella de sus adoraciones artísticas; encontró terribles defectos á las damas hermosas que le buscaban como retratista; ensalzaba la belleza espiritual de Josefina; la pintaba, trasladando al lienzo sus mismas facciones, pero hermoseadas con sutil habilidad.
Ella sonreía, con esa eterna condescendencia que tiene la mujer para las más estupendas y escandalosas mentiras, siempre que la halaguen.
—Eres tú—decía Renovales:—tu misma cara, tu gracia, tu distinción. Aun creo que te he hecho menos hermosa.
Seguía sonriendo, pero de pronto su mirada endurecíase, apretaba los labios y la sombra se remontaba poco á poco por su rostro.