—Es un sabio—dijo la condesa una tarde al hablar á solas con Renovales.—Empieza ahora, pero yo le empujaré y llegará á ser un genio. Tiene un talento inmenso. ¡Si usted hubiese leído su libro!... ¿Conoce usted á Darwin? ¿Verdad que no? Pues es más que Darwin; mucho más.

—Lo creo—dijo el pintor.—Ese Monteverde es hermoso como un bebé y Darwin era un tío feo.

La condesa dudó entre ponerse seria ó reir, y acabó por amenazarle con sus impertinentes.

—Calle usted, mala persona. ¡Al fin, pintor! Usted no puede comprender las amistades tiernas, las relaciones puras, la fraternidad basada en el estudio.

¡Con qué dolor reía el maestro de tanta pureza y fraternidad! Él veía claro, y Concha por su parte no era un modelo de prudencia para ocultar sus sentimientos. Monteverde era su amante, como antes lo había sido un músico, durante cierta época en que la condesa no hablaba más que de Beethoven y de Wagner, como si fuesen visitas de su casa; y mucho antes un duquesito, guapo mozo, que daba becerradas por invitación, matando los inocentes bueyes después de saludar con ojos amorosos á la de Alberca, que echaba fuera del palco su busto envuelto en la mantilla blanca y adornado de claveles. Sus amores con el doctor eran casi públicos. No había más que ver el encarnizamiento con que le despedazaban los señores de la tertulia, afirmando que era un necio y su libro un traje de Arlequín, una serie de retazos ajenos, mal hilvanados, con la audacia del ignorante. También á éstos les mordía la envidia, estremecidos en sus amores seniles y silenciosos por el triunfo de aquel jovenzuelo que les arrebataba el ídolo, adorado con una devoción contemplativa que reanimaba su senectud.

Renovales indignábase contra sí mismo. En vano quería vencer á la costumbre que guiaba sus pasos todas las tardes hacia la casa de la condesa.

—Ya no vuelvo más—se decía con rabia al verse en su estudio.—¡Bonito papel haces, Mariano! Sirves de coro con todos esos viejos imbéciles á un dúo de amor... ¡Valiente punto la tal condesa!

Pero al día siguiente volvía, pensando con cierta esperanza en la pretenciosa superioridad de Monteverde, en el aire desdeñoso con que recibía las adoraciones de su amante. Ya se cansaría Concha de esta muñeca con bigotes, volviendo los ojos á él, que era un hombre.

El pintor se daba cuenta de la transformación de su carácter. Era otro y hacía esfuerzos para que no se percatasen en su casa de este cambio. Reconocía mentalmente que estaba enamorado, con la satisfacción del hombre maduro que ve en esto un signo de juventud, el retoñamiento de una segunda vida. Se había sentido impulsado hacia Concha por el deseo de romper el tedio de su existencia, de imitar á los otros, de gustar la acidez de la infidelidad, haciendo una ligera escapada fuera de las murallas severas é imponentes que cerraban el yermo del matrimonio, cada vez más cubierto de zarzas y malezas. La resistencia de ella le exasperaba, aumentando su deseo. No sabía ciertamente qué era lo que sentía; tal vez una atracción material y con ella el enconamiento del amor propio, la amargura de verse rechazado al descender de las alturas de la virtud en las que se había mantenido con orgullo salvaje, creyendo que todos los goces de la tierra le esperaban, deslumbrados por su gloria, y que sólo tendría que extender los brazos para que corrieran á él.

Sentíase humillado por el fracaso; le agitaba sorda rabia al comparar su cabello cano y sus ojos circundados de nacientes arrugas, con aquel niño bonito de la ciencia que parecía enloquecer á la condesa. ¡Ay las mujeres! ¡Sus entusiasmos intelectuales, sus aspavientos de admiración ante la celebridad!... ¡Todo mentira! Sólo adoran el talento bien presentado, en una envoltura juvenil y hermosa...