Se puso una mano sobre los ojos para examinarlo mejor, y no pudo contener la indignación que le produjo este encuentro.
—¡Hijo de la gran… tal!… ¡Es el ladrón de Manos Duras!
Al pasar el gaucho junto á él, se llevó una mano al sombrero para saludarle, espoleando luego su cabalgadura.
Don Carlos, después de breve indecisión, salió también al galope, hasta que puso su caballo delante del de Manos Duras, cortándole el paso y obligándole á detenerse.
—¿Con licencia de quién atravesás vos mi campo?—preguntó con voz temblona y aflautada por la cólera.
Manos Duras no intentó contestar mirándole con una insolencia silenciosa y amenazadora, como hacía con los demás. Sus ojos atrevidos evitaron cruzarse con los del estanciero, y respondió en voz baja, como excusándose. No ignoraba que carecía de derecho para pasar por allí sin permiso del dueño del campo; pero de este modo acortaba camino, evitándose un largo rodeo para llegar á la Presa. Luego añadió, como si emplease un argumento supremo:
—Usted, don Carlos, deja pasar á todos.
—A todos menos á ti—contestó Rojas agresivamente—. Si te encuentro otra vez en mi estancia, te saludaré á balazos.
Esta amenaza acabó con el hipócrita respeto del gaucho. Miró á Rojas despectivamente, y dijo con lentitud:
—Es usted un viejo, y por eso me habla así.