Mas en las tardes de carreras, la presencia de gentes extrañas, y especialmente á aquellos jinetes de aire arrogante, orgullosos de sus sillas chapeadas de plata, de sus armas y de los adornos metálicos de sus trajes, parecía esparcir un malestar provocativo, mezcla de odio y de envidia, entre los rotos que iban á pie.

De pronto cesaban de sonar las guitarras y había un rumor de disputa. Chillaban las mujeres; sobre sus chillidos se destacaba un grito mortal; luego venía un silencio profundo. Y la gente se apartaba, dejando sitio á un hombre con ojos de loco y la diestra roja de sangre.

—¡Abran cancha, hermanos, que me he desgraciao!…

Todos le abrían paso; nadie pretendía detenerle, ni aún el comisario, que procuraba estar lejos.

Hubiera sido un atentado contra las leyes establecidas por los antiguos, más conocedores de la vida que los hombres del presente. El hermano del herido ó del muerto sólo atendía al que estaba en el suelo, sin preocuparse de atajar á su agresor. Tiempo le quedaba de ir en busca del que se había «desgraciado», allá donde estuviese, para «desgraciarse» á su vez, ejerciendo el derecho de la venganza.

Cuando ocurría uno de estos incidentes, don Roque, olvidando las larguezas de González, se mostraba indignado.

—¿No te decía yo que esto acabaría mal, Gallego?… Ahora veremos lo que dicen de Buenos Aires. En una de éstas, ché, voy á perder mi puesto.

Pero ni de Buenos Aires hablaban, ni don Roque perdía su cargo. Como era la única autoridad y estaba de acuerdo con su colega de Fuerte Sarmiento, se procedía al entierro del difunto, cuando lo había, y si solamente era un herido, éste se dejaba curar, asegurando no haber visto jamás al que le dió la cuchillada y añadiendo que no le reconocería aunque se lo pusieran delante.

Transcurrían algunos meses sin que don Roque se ablandase. «¡Ché, Gallego: no me pillarás otra vez!…» Pero la generosidad del bolichero acababa con sus temores, y de nuevo se anunciaba una corrida de caballos.

Si la fiesta había terminado sin peleas, González, triunfante, reñía al comisario.