Durante el almuerzo, tuvo Robledo que hablar mucho para responder á las preguntas de ella, satisfaciendo la vehemente curiosidad que parecían inspirarle todos los episodios de su vida.
Al enterarse de que el ingeniero no era rico, hizo un gesto de duda. Tenía por inverosímil que un habitante de América, lo mismo la del Norte que la del Sur, no poseyese millones. Pensaba por instinto, como la mayor parte de los europeos, siéndole necesaria una lenta reflexión para convencerse de que en el Nuevo Mundo pueden existir pobres como en todas partes.
—Yo soy todavía pobre—continuó Robledo—; pero procuraré terminar mis días como millonario, aunque solo sea para no desilusionar á las gentes convencidas que todo el que va á América debe ganar forzosamente una gran fortuna, dejándola en herencia á sus sobrinos de Europa.
Esto le llevó á hablar de los trabajos que estaba realizando en la
Patagonia.
Se había cansado de trabajar para los demás, y teniendo por socio á cierto joven norteamericano, se ocupaba en la colonización de unos cuantos miles de hectáreas junto al río Negro. En esta empresa había arriesgado sus ahorros, los de su compañero, é importantes cantidades prestadas por los Bancos de Buenos Aires; pero consideraba el negocio seguro y extraordinariamente remunerador.
Su trabajo era transformar en campos de regadío las tierras yermas é incultas adquiridas á bajo precio. El gobierno argentino estaba realizando grandes obras en el río Negro, para captar parte de sus aguas. Él había intervenido como ingeniero en este trabajo difícil, empezado años antes. Luego presentó su dimisión para hacerse colonizador, comprando tierras que iban á quedar en la zona de la irrigación futura.
—Es asunto de algunos años, ó tal vez de algunos meses—añadió—. Todo consiste en que el río se muestre amable, prestándose á que le crucen el pecho con un dique, y no se permita una crecida extraordinaria, una convulsión de las que son frecuentes allá y destruyen en unas horas todo el trabajo de varios años, obligando á empezarlo otra vez. Mientras tanto, mi asociado y yo hacemos con gran economía los canales secundarios y las demás arterias que han de fecundar nuestras tierras estériles; y el día en que el dique esté terminado y las aguas lleguen á nuestras tierras…
Se detuvo Robledo, sonriendo con modestia.
—Entonces—continuó—seré un millonario á la americana ¿Quién sabe hasta dónde puede llegar mi fortuna?… Una legua de tierra regada vale millones… y yo tengo varias leguas.
La bella Elena le oía con gran interés; pero Robledo, sintiéndose inquieto por la expresión momentáneamente admirativa de sus ojos de pupilas verdes con reflejos de oro, se apresuró á añadir: