«¡Esa mujer!—pensó—. ¡Hasta va á quitarme el mejor de mis amigos!…»

Empezaba la parte más interesante de la fiesta para muchos de los invitados. Friterini dió voces, dirigiendo á las mestizas encargadas del servicio. Sobre las mesas, hechas con tablas y caballetes y que tenían por manteles sábanas recién lavadas, fueron apareciendo los manjares más ricos y extraordinarios del «Almacén del Gallego» y otros despachos de bebidas y alberguerías existentes en las colonias inmediatas al río Negro. Eran manjares de Europa y de la América del Norte, que tenían un sabor á largo encierro, á estaño y á hojalata: carnes de cerdo de Chicago, salchichas de Francfort, foie gras francés, sardinas de Galicia, pimientos de la Rioja, aceitunas de Sevilla, todo venido, á través del Océano, en botes metálicos ó cubiletes de madera.

Lo más extraordinario eran las bebidas. Sólo algunos gringos procedentes de los llamados «países latinos» buscaban las botellas de vino tinto. Los demás, especialmente los hijos del país, consideraban los líquidos de color de sangre como una bebida ordinaria, apreciando la claridad y el tono blanco de los vinos como signo de aristocracia. Resonaban continuamente los taponazos del champaña. Algunos bebían el vino espumoso como si fuese agua del río.

—Esto es caro en Europa—decía un ruso de pelo largo y grasiento—; pero aquí, ¡con la diferencia del cambio!…

Moreno, hombre de orden, consideraba con inquietud la sed creciente de los invitados. Al mismo tiempo hacía recomendaciones de parquedad y prudencia en el servicio al entusiasta Friterini con palabras deslizadas al paso y misteriosos ademanes.

«¡Con tal que alcancen los pesos de Canterac!—pensaba—.Empiezo á creer que no tendremos bastante para pagarlo todo.»

Mientras tanto, el ingeniero francés avanzaba entre los árboles con
Elena ó se detenía para mostrarle los ejemplares más corpulentos.

—Esto no es el parque de Versalles, bella marquesa—dijo imitando los ademanes galantes de otros siglos—, pero representa, á pesar de su modestia, el gran interés que tiene un hombre en serle agradable.

Pirovani, fingiéndose distraído, iba detrás de ellos á cierta distancia. Le era imposible ocultar el despecho que le producía esta fiesta ideada por su adversario. Reconocía que nunca hubiera sabido inventar él algo semejante, ¡Lo mucho que sirve haber estudiado!…

Según iba avanzando por el bosque artificial, procuraba empujar disimuladamente los árboles más próximos para hacerlos caer. Pero este mal deseo resultaba inútil. Todos se mantenían firmes. Aquel imbécil de Moreno había hecho bien las cosas al ayudar á Canterac.