Primeramente llegó Pirovani escoltado por Moreno y don Carlos, todos vestidos de negro, pero el contratista se distinguía de sus acompañantes por una levita nueva y solemne. La había recibido de Buenos Aires la semana anterior, á gusto de un sastre famoso, á quien encargó un vestuario completo igual á los que poseyesen los millonarios más elegantes de la ciudad.

Detrás de este grupo avanzó un viejo alto, enjuto de carnes, con la nariz violácea y granujienta de los alcohólicos y una caja de cirugía bajo el brazo. Era el médico que Rojas había ido á buscar la noche anterior en el pueblo más próximo.

Pasados unos minutos llegaron á la pradera Canterac, Torrebianca y Watson. El capitán y el marqués vestían largas levitas, menos flamantes que la de Pirovani, y corbatas negras: lo mismo que si asistiesen á un entierro. Watson llevaba simplemente un traje obscuro.

Luego de saludar Canterac ceremoniosamente desde lejos á su adversario y á los padrinos de éste, empezó á pasearse por la orilla del río. Fingía divertirse siguiendo con sus ojos el revuelo de los pájaros matinales ó arrojando piedras á la corriente. El contratista, que deseaba no ser menos que él, imitándole en todo, se paseó también junto á los sauces, mirando al río. Y así continuaron ambos, yendo y viniendo cada uno por la parte de la orilla que se había asignado, como si fuesen dos autómatas.

Torrebianca, al que todos cedían el primer lugar por su experiencia en estos lances, empezó á disponer los preparativos del combate. Pidió á Watson dos bastones que éste llevaba á prevención, y clavó uno en el suelo. Luego miró hacia el sol con una mano sobre los ojos, para darse cuenta exacta de qué lado venía la luz, y empezó á marchar, contando sus pasos.

—Veinte—dijo clavando en el suelo el segundo bastón.

Al reunirse otra vez con los padrinos sacó una moneda, y luego de escuchar á Moreno la arrojó en alto. Cuando cayó la pieza, el oficinista dijo á Rojas:

—Hemos ganado, don Carlos, y podemos elegir el sitio.

El marqués, que había traído bajo un brazo su célebre caja de pistolas, la dejó abierta sobre la hierba. Cargó las dos armas con minuciosa lentitud, sacando á luz de nuevo la misma moneda para que el azar decidiese por segunda vez. Al caer la rodaja de metal, se inclinó el oficinista para verla y dijo al estanciero:

—La suerte está con nosotros. También podemos tomar la pistola que más nos guste.