—Lo primero es huir, Canterac. Este asunto hará mucho ruido, y no puede taparse como una riña de boliche. Pase los Andes cuanto antes; al otro lado está Chile, y allí puede usted esperar… En el mundo todo se arregla, bien ó mal; pero todo se arregla.
El francés habló con desaliento. No tenía dinero; lo había gastado todo en aquella fiesta, que ahora le parecía un disparate. ¿Cómo vivir en Chile, donde no conocía á nadie?…
Le tomó un brazo el español para tirar de él afectuosamente, llevándoselo de allí.
—Lo primero es huir—dijo otra vez—. Yo le daré los medios de hacerlo. Vámonos.
Canterac se resistía á obedecerle, mirando al mismo tiempo á
Torrebianca.
—Quisiera antes de irme—murmuró—decir adiós á la marquesa.
Fué tan suplicante el tono con que hizo esta petición, que provocó en Robledo una sonrisa de lástima. Luego le fué empujando con una superioridad paternal.
—No perdamos tiempo—dijo—. Preocúpese de usted nada más. La marquesa tiene otras cosas en que pensar.
Y se lo llevó á su casa.
Durante todo el día el suceso mantuvo en continuo bullicio á los habitantes del pueblo. Muchos lo aprovecharon como un motivo para abandonar el trabajo. En la calle central se formaron numerosos grupos de hombres y mujeres, hablando acaloradamente, al mismo tiempo que miraban con hostilidad la casa que había sido de Pirovani. Los nombres de Torrebianca y su mujer sonaban tanto como los de los adversarios que se habían batido.