Pareció asustarse el español al considerar lo que probablemente podía ocurrir en la Presa después del suceso de aquella mañana.
—El contratista muerto… el ingeniero director fugitivo… Habrá que suspender los trabajos… Van á retrasarse las obras del dique, y llegarán las crecidas sin que las tengamos terminadas. ¡Qué situación! Hay que ir á Buenos Aires en busca de remedio.
Y pasó gran parte de la noche sin poder dormir, desvelado por estas preocupaciones.
Watson montó á caballo la mañana siguiente, pero en vez de dirigirse al lugar donde se abrían los canales, se encaminó á la estancia de Rojas. Mientras el gobierno no enviase un nuevo director para la terminación del dique, los trabajos de la empresa ideada por Robledo resultarían inútiles y era prudente suspenderlos.
Al llegar cerca de la estancia quiso descender de su caballo para abrir una «tranquera», armazón de palos que servía de puerta, obstruyendo el camino; pero vió junto á ella un pequeño mestizo, de diez años, gordinflón, con ojos aterciopelados de antílope y una tez lustrosa de color chocolate claro, que le contemplaba sonriente, metiéndose un dedo en la nariz.
—Esta mañana—dijo—salió disparado el patrón… Anoche nos robaron una vaca.
Pero Ricardo le preguntó algo que consideraba más interesante.
—¿Dónde está tu patroncita, Cachafaz?
El llamado Cachafaz, á causa de sus diabluras, sacó el índice que tenía en la nariz para señalar á lo lejos.
—Ahorita mismo acaba de irse. La encontrará ahí cerquita no más.