«¿Qué hacer?—siguió pensando—. ¡Ay! ¿En dónde me he metido?»

Unos golpecitos en la puerta del salón la hicieron abandonar sus pensamientos. Entró Sebastiana con expresión tímida é indecisa, manoseando una punta de su delantal. Al mismo tiempo sonreía mirando á la señora, como si buscase palabras para dar forma al deseo que la había traído hasta allí.

Elena la animó á que hablase, y entonces la mestiza dijo resueltamente:

—Yo estaba al servicio del finado don Pirovani, y como ya es difunto… por lo que todos sabemos, debo irme.

Manifestó la señora su extrañeza ante tal decisión. Podía quedarse; ella estaba contenta de sus servicios. La muerte del italiano no era motivo suficiente para que se marchase. En alguna parte debía servir, y Elena prefería que fuese en su casa. Pero la mestiza insistió, moviendo la cabeza negativamente:

—Debo irme. Si me quedo, tengo amigas aquí que me sacarán los ojos. ¡Muchas gracias! Quiero estar bien con los míos… y ¿por qué no decirlo? la señora cuenta con pocas simpatías en el pueblo.

Después de tales palabras no juzgó prudente Elena seguir la conversación, limitándose á mostrar una triste conformidad.

—¡Si á usted le da miedo seguir aquí!…

Esta tristeza conmovió á Sebastiana.

—Yo con gusto me quedaría; la señora me es simpática y no me ha hecho nunca daño… Pero la gente es como es, y yo ¡pobre de mí! no voy á pelearme con todas las mujeres de la Presa. Si puedo servir en otra cosa á la señora, mándeme…