—Tú que eres mi único amigo y conociste de cerca mi vida en París, ¿crees que Fontenoy era el amante de mi mujer?…
El español hizo otro gesto ambiguo, no sabiendo qué contestar. Torrebianca, con una voz cada vez más angustiada, formuló otra pregunta:
—Y esos dos hombres, ¿crees que fueron á batirse ayer por Elena?
Ahora ni siquiera hizo Robledo el gesto vago de antes y se limitó á bajar los ojos. Este silencio lo interpretó el marqués como una respuesta afirmativa, y dijo con desesperación, ocultando otra vez su cara entre las manos:
—¡Y fui yo, el marido, quien dirigió el combate para que se matasen!…
Hubo un largo silencio. Mantuvo el marqués oculto el rostro entre sus manos, mientras Robledo le contemplaba con ojos de conmiseración. De pronto se irguió, y dijo con lentitud, restregándose los párpados:
—No puedo seguir aquí. Me da vergüenza arrostrar la mirada de las gentes… Tampoco debo marcharme con ella. Ya no me podría dominar con nuevas mentiras. La miraré de frente, y al ver la falsedad de sus ojos y de su sonrisa, la mataré… tengo la certeza de que la mataré.
Su amigo creyó llegado el momento de aconsejarle.
—No te acuerdes más de esa mujer, y por el momento procura descansar.
Mañana buscaremos el medio más oportuno para que te libres de ella.
Empieza por quedarte aquí esta noche. Yo pensaré lo que podemos hacer.
Ella se irá; no sé cómo llegaré á conseguirlo, pero se irá, y tú
quedarás conmigo.
Pasó una mano por la espalda de Torrebianca, acariciándole con expresión paternal, mientras el marqués conservaba oculto el rostro.