—De eso hablaremos mañana ú otro día, cuando haya hecho usted mi encargo. Ya sabe lo que hemos convenido.

Y se despidió de él con cierta coquetería, aunque procurando mantenerse á gran distancia de sus manos.

El gaucho, al ver cerrada la ventana, bajó los escalones, y una vez en la calle, se detuvo.

Sebastiana, que se había incorporado para verle mejor, creyó que murmuraba con expresión alegre:

—En vez de una, van á ser dos.

Pero tampoco estaba segura de haber oído esto exactamente, y al fin se retiró á la casucha del corral, donde tenía su camastro, algo decepcionada por el insignificante resultado de su acecho.

Lo único que persistió en ella, quitándole el sueño, fué la duda de si verdaderamente aquellas dos personas habían nombrado en su conversación á la señorita de Rojas. Y volvió á preguntarse muchas veces: «¿Qué tendrán esas gentes que decir de mi niña?…»

Robledo pasó igualmente una noche agitada. Había instalado á Torrebianca en la misma habitación que ocupó éste con su mujer cuando llegaron á la Presa. Fatigado por sus emociones, el marqués había accedido al fin á quedarse en la casa de su amigo.

Dos veces durante la noche despertó el español, avanzando su oído para escuchar mejor. Llegaban hasta él gemidos y palabras balbucientes desde la habitación próxima, ocupada por Torrebianca.

—Federico, ¿deseas algo?…