—¿La envía su patrón?… ¿Trae alguna carta de él?
Sebastiana acogió estas preguntas con una extrañeza que hizo dilatarse sus ojos oblicuos.
—¿Qué patrón?… ¿El marqués?… No sé nada de él. Yo creía que estaba aquí. Vengo por otra cosa.
Se había incorporado, suspirando fatigosamente al colocar su corpulencia en sentido vertical, y dijo bajando el tono de su voz:
—No he podido dormir en toda la noche, y aquí estoy, don Manuel, aguardándole para que me conteste una preguntita.
Acogió el ingeniero con una paciencia algo irónica esta consulta; pero apenas la mestiza empezó á hablar, su rostro se transformó, prestando una atención reconcentrada á todas sus palabras.
Cuando hubo terminado el relato de lo visto y oído por ella en la noche anterior, siguió diciendo:
—¿Por qué esa señorona y Manos Duras hablaron de mi antigua patroncita?… ¿Qué tiene que ver con ellos mi paloma inocente?… Como yo soy una zonza, que no puede entender muchas cosas, me he dicho: «Voy á ver á don Robledo, el ingeniero, que lo sabe todo. Él me dirá…»
Pero Robledo no la escuchaba. Parecía abstraído, y de pronto hizo un gesto de asombro y de inquietud, como si acabase de descubrir una temible verdad. Volvió la espalda á Sebastiana y anduvo velozmente hacia el sitio de donde había venido.
Quedó asombrada la mestiza viendo correr al ingeniero, cada vez más apresuradamente, como si sus palabras le hiciesen temer que podía llegar tarde. Robledo, desde lejos, empezó á hacer signos y á dar voces avisando á don Carlos y al comisario, que aún seguían su conversación en el mismo lugar. Los dos se miraron asombrados al oírle decir con voz jadeante: