Luego fué explicando cómo en mitad de su camino, cuando iba directamente hacia el rancho de Manos Duras, sin pasar por su estancia, vió venir hacia él un jinete que galopaba á rienda suelta. Sacó el revólver para detenerle, pero no hizo uso del arma al fijarse en su aspecto.

—Era como una mona sobre un caballo, y reconocí en esta mona á Cachafaz. Me contó que usted estaba aquí, me enseñó su papel, y yo le dije que avisase á los que vienen detrás para que no pierdan tiempo pasando por mi estancia y que él les sirva de baquiano, trayéndolos directamente… ¿Qué es lo que ocurre?

Marcharon los dos entre matorrales, siguiendo las huellas que había dejado Watson al salirle al encuentro. Rojas llevaba su caballo de las riendas, y lo dejó en el mismo sitio donde Ricardo había dejado antes el suyo. Luego subieron de rodillas y apoyándose en las manos la pendiente arenosa desde cuyo filo podían observar el rancho de la India Muerta.

Al asomarse entre el ramaje, vieron á Piola sentado en el suelo, lo mismo que antes, pero solo, pues Manos Duras había desaparecido.

Este hombre fumaba, mirando en torno inquietamente, como si sus sentidos, aguzados por la vida aventurera en el desierto, le avisasen la cercanía oculta del enemigo.

De vez en cuando estiraba el cuello, mirando á lo lejos con el deseo de ver la llegada de alguien.

—Ataquémosle—dijo en voz baja don Carlos.

Nada le importaba que el cordillerano tuviese su carabina pronta sobre las rodillas. Él y Watson contaban con sus revólveres.

—No hay que olvidar al otro que está oculto—contestó el ingeniero.

—¿Y qué? Serán dos, y nosotros también somos dos… Voy á voltear á ese bandido.