—¡Quiero bailar, y nadie me saca!…
Su marido se levantó, como si obedeciese una orden, y los dos se alejaron girando entre las otras parejas.
Al volver á su asiento, ella protesto con una indignación cómica:
—¡Venir á Montmartre para bailar con el marido!…
Puso sus ojos acariciadores en Fontenoy, y añadió;
—No pienso pedirle que me invite. Usted no sabe bailar ni quiere descender á estas cosas frívolas… Además, tal vez teme que sus accionistas le retiren su confianza al verle en estos lugares.
Luego se volvió hacia Robledo:
—¿Y usted, baila?…
El ingeniero fingió que se escandalizaba. ¿Dónde podía haber aprendido los bailes inventados en los últimos años? Él sólo conocía la cueca chilena, que danzaban sus peones los días de paga, ó el pericón y el gato, bailados por algunos gauchos viejos acompañándose con el retintín de sus espuelas.
—Tendré que aburrirme sin poder bailar… y eso que voy con tres hombres. ¡Qué suerte la mía!