—Si obedeces á mamá y vas con mademoiselle al Bosque, esta noche cuando te acuestes te contaré un cuento muy largo… ¡muy largo!

Carlitos aceptó la promesa, dejándose llevar por la institutriz sin nuevas rebeldías.

—¡Ya se fué el déspota!—dijo Robledo, fingiendo una gran satisfacción al verse libre de él.

Celinda sonrió agradecida. El español había concentrado en Carlitos toda la necesidad de amar que sienten los célibes en los linderos de la vejez. Era muy rico y su fortuna iría ampliándose todavía más con el transcurso de los años, según fueran sometidas al cultivo las tierras recientemente irrigadas. Si alguna vez le hablaban de sus millones, miraba al hijo de Celinda, apodándolo «mi príncipe heredero».

Pensaba legar una parte de su fortuna á ciertos sobrinos que tenía en España y á los que apenas había visto; pero lo más considerable de su riqueza sería para Carlitos. Amaba también á los otros hijos de Watson; pero el primogénito había nacido en la época de amarguras é indecisiones, cuando todavía estaba en peligro su obra, y esto hacía que le considerase con la predilección que merece un compañero de los malos tiempos.

—¿Qué va á hacer usted esta tarde?—preguntó Robledo á Celinda—. Seguramente lo mismo de las otras tardes: visita general á los grandes modistos de la rue de la Paix y calles adyacentes.

Ella aprobó con un movimiento de cabeza este programa, mientras Watson reía.

—¿Cuándo se cansará usted de comprar vestidos?—continuó el español—. ¿No tiene miedo de que su equipaje no quepa en el trasatlántico, cuando regresemos á Buenos Aires?…

Se excusó Celinda, pensando otra vez en el lejano país.

—Debo hacer mis compras previsoramente. Piense que allá en nuestra colonia no hay nada de lo que se encuentra aquí con tanta facilidad. Somos unos millonarios del desierto que vivimos todavía en la primera semana de la creación de un mundo. Como quien dice unos millonarios… salvajes.