Según se iba extinguiendo la tarde parecía aumentar el número de hembras engañosamente vestidas, que necesitan la luz incierta del crepúsculo para salir á la caza del hombre y del pan.
Robledo se cruzaba con ellas, fingiéndose ciego ante sus violentas ojeadas y sordo á las palabras susurrantes en honor de su apostara de buen mozo.
«¡Pobres mujeres! Verse obligadas á decirme tan enorme mentira para poder comer…»
De pronto, una de estas mujeres llamó su atención. Era semejante á las otras, y, lo mismo que ellas, le miraba atrevidamente, con ojos provocadores. ¡Pero estos ojos!… ¿Dónde había visto él estos ojos?
Iba vestida con una elegancia miserable. Sus ropas, desteñidas y viejas, habían sido lujosas muchos años antes; pero vistas á cierta distancia, aún podían engañar á los distraídos. Además conservaba cierta esbeltez, que, unida á su estatura, hacía olvidar por un momento los estragos de la miseria y de los años.
Al ver que Robledo se detenía un instante para examinarla mejor, sonrió con alegre sinceridad. Era un buen encuentro; el mejor de la tarde. Este señor tenía el aspecto de un extranjero rico que vaga desorientado por un barrio excéntrico al que no volverá nunca. Había que aprovechar la ocasión.
Mientras tanto, Robledo continuaba inmóvil, mirándola con el ceño fruncido por una rebusca mental.
«¿Quién es esta mujer?… ¿Dónde diablos la he visto?»
Ella también se había detenido, volviendo la cabeza para sonreir é invitándole con el gesto á que la siguiera.
Se reflejaron en el rostro del ingeniero las alternativas de la sorpresa y la duda.