Como si apelase al auxilio de un medicamento se sirvió una nueva copa, bebiéndola ávidamente, y su rostro pareció iluminarse al sonreir.
—Ya sé de quién me habla… Moreno; un pobre hombre, un iluso. No sé nada de él.
Insistió Robledo en sus preguntas, pero le fué imposible á Elena encontrar en su memoria una imagen clara y fija de aquel desaparecido.
—Creo que murió. Se fué á su tierra, y allá debió morir ¿Dice usted que no volvió nunca?… Pues entonces moriría aquí. Tal vez se mató. No sé… Si tuviese que recordar las historias de todos los hombres que he conocido, hace años que estaría loca. ¡No cabrían en mi cabeza!…
Robledo, con una curiosidad severa, continuó sus preguntas.
—¿Y la hija de Pirovani?…
Volvió á llevarse ella las manos á las sienes, hundiendo los dedos en el pelo rubio, escandalosamente rubio, de sus falsos bucles. Al mismo tiempo, una mueca violenta que reflejaba su enorme esfuerzo mental hizo bailotear un poco las dos filas de sus dientes, igualmente escandalosos por su blancura.
—¿Pirovani?… ¡Ah, sí! Aquel italiano que vivía en Río Negro y al que robó Moreno… No sé; creo que nunca volvimos á hablar de su hija. Moreno gastaba y gastaba mientras tuvo que gastar, y yo le iba enseñando los placeres de la vida. ¡Pobre tonto!…
Quedó encogida en su asiento y con la cabeza baja después de hablar así. Parecía haberse empequeñecido. Al levantar los ojos encontraba la mirada severa del español y volvía á bajarlos, fijándolos en la botella.
Durante el nuevo silencio Robledo se habló mentalmente. «¡Y pensar que por este andrajo se mataron los hombres, lloraron tantas mujeres y sufrí yo angustias inmensas!…»