Sonrió tristemente al pensar en la relatividad de los valores humanos y la distinta importancia de las personas, según el ambiente en que se mueven.

—¡Pensar que este andrajo fué igual á la heroína de Homero en aquella tierra á medio civilizar, donde no abundan las mujeres!… ¿Qué dirían ahora los que tantas locuras hicieron por ella, si la viesen como yo la he visto?…

Cuando llegó al hotel, Watson y su esposa acababan de volver de su paseo.

Dos criados seguían á Celinda cargados con enormes paquetes: las adquisiciones de aquella tarde.

Miró Watson su reloj con impaciencia.

—Son cerca de las siete, y hemos de vestirnos y comer antes de ir á la Opera… Cuando las mujeres se ponen á comprar trajes y sombreros, no acaban nunca.

Celinda remedó la fingida indignación de su esposo con graciosos ademanes, y acabó por besarle, entrándose luego en la habitación inmediata para cambiar de vestido.

Watson preguntó á Robledo si les acompañaba á la Opera.

—No; voy haciéndome viejo, y me molesta ponerme de frac y guantes blancos para escuchar música. Prefiero quedarme en el hotel. Veré cómo acuestan á Carlitos… Le he prometido un cuento.

Sintió en su interior la molestia de la duda. ¿Debía relatar á Celinda y su marido el encuentro de aquella tarde?… ¿Sería más prudente comunicárselo solamente á Watson?