No se atrevió á pasar otra vez ante la puerta. Pero obedeciendo á una fuerza obscura más potente que su voluntad, se mantuvo cerca de ella, aparentando distracción y aguzando el oído. Reconocía que su conducta era incorrecta. Estaba procediendo como cualquiera de aquellos murmuradores á los que había escuchado por casualidad. Sin duda, el ambiente de esta casa empezaba á influir en él…
Era difícil enterarse de lo que decían las dos personas al otro lado de la puerta abierta. Además, los invitados habían empezado á bailar en los salones y el pianista golpeaba rudamente el teclado.
Unas palabras confusas llegaron hasta él. La pareja del gabinete levantaba el tono de su conversación á causa del ruido. Tal vez las emociones de su diálogo les hacían olvidar también toda reserva.
Reconoció la voz de Fontenoy.
—¿Para qué frases dramáticas?… Tú no eres capaz de eso. Yo soy el que se irá… En ciertos momentos es lo único que puede hacerse.
La música y el ruido del baile volvieron á obstruir sus oídos. Pero todavía, al humanizar el pianista por unos instantes su tempestuoso tecleo, pudo escuchar otra voz. Ahora era Elena la que hablaba, lejos, ¡muy lejos! con un tono de inmenso desaliento:
—Tal vez tienes razón. ¡Ay, el dinero!… Para los que sabemos lo que puede dar de sí, ¡qué horrorosa la vida sin él!…
No quiso oir más. La vergüenza de su espionaje acabó por vencer á la malsana curiosidad que le había dominado durante unos momentos. Debía respetar el secreto que hacía buscarse á estas dos personas. Presintió además que el tal misterio iba á ser de corta duración. Tal vez durase lo que la noche.
Cuando volvió á la pieza donde estaba el buffet, vió á su amigo Federico que seguía conversando con el mismo personaje: un señor ya viejo, con la roseta de la Legión de Honor en una solapa y el aspecto de un alto funcionario retirado.
Ahora era éste el que hablaba, después que Torrebianca hubo terminado la explicación de los grandes negocios de Fontenoy.