Encontró á Federico en su biblioteca considerablemente avejentado, como si las últimas horas hubiesen valido para él años enteros. Al ver entrar á Robledo lo abrazó, buscando instintivamente un apoyo para sostener su cuerpo desalentado.
Le parecía asombroso que pudieran soportarse tantas emociones en tan poco tiempo. Por la mañana había sentido la misma impresión de felicidad y confianza que Robledo ante la hermosura del día. ¡Daba gusto vivir!… Y de pronto el llamamiento por teléfono, la terrible noticia, la marcha apresurada al domicilio de Fontenoy, el cadáver del banquero tendido en la cama y arrebatado después por los que intervienen en esta clase de muertes para hacer su autopsia.
Aún le había causado una impresión más dolorosa ver el aspecto de las oficinas de Fontenoy. El juez estaba en ellas como único amo, examinando papeles, colocando sellos, procediendo á un registro sin piedad, apreciándolo todo con ojos fríos, recelosos é implacables. El secretario del banquero, que había llamado á Torrebianca por teléfono, hacía esfuerzos para ocultar su turbación, y acogió la presencia de éste con gestos pesimistas.
—Creo que vamos á salir mal de esta aventura. El patrón debía habernos prevenido…
Pasó Torrebianca el resto del día buscando á otras personas de las que habían colaborado con Fontenoy, cobrando grandes sueldos por figurar como autómatas en los Consejos de Administración de sus empresas. Todos se mostraban igualmente pesimistas, con un miedo feroz capaz de toda clase de mentiras y vilezas contra los otros para conseguir la propia salvación.
Se quejaban de Fontenoy, al que habían alabado hasta pocas horas antes para que les proporcionase nuevos sueldos. Algunos le llamaban ya «bandido». Los hubo que, necesitando atacar á alguien para justificarse, insinuaron sus primeras protestas contra Torrebianca.
—Usted ha dicho en sus informes que los negocios eran magníficos. Debe haber visto con sus propios ojos lo que existe en aquellas tierras lejanas, pues de otro modo no se comprende cómo puso su firma en unos documentos técnicos que sirvieron para infundirnos confianza en los negocios de ese hombre.
Y Torrebianca empezó á darse cuenta de que todos necesitaban una víctima escogida entre los vivos, para que cargase con las tremendas responsabilidades evitadas por el banquero al refugiarse entre los muertos.
—Tengo miedo, Manuel—dijo á su camarada—. Yo mismo no comprendo ahora cómo firmé esos papeles, sin darme cuenta de su importancia… ¿Quién pudo aconsejarme una fe tan ciega en los negocios de Fontenoy?
Robledo sonrió tristemente. Podía darle el nombre de la persona que le había aconsejado; pero consideró inoportuno aumentar con tal revelación el desaliento de su amigo.