Vió á Celinda que celebraba su broma tirando del lazo; y para no ser derribado, tuvo que marchar hacia la amazona. Ésta, al tenerle junto á ella, dijo con tono de excusa:

—Como no nos vemos hace tanto tiempo, he venido para capturarle. Así no se me escapará más.

El joven hizo gestos de asombro y contestó con una voz lenta y algo torpe, que estropeaba las sílabas, dándolas una pronunciación extranjera:

—¡Tanto tiempo!… ¿No nos hemos visto esta mañana?

Ella remedó su acento al repetir sus palabras:

—¡Tanto tiempo!… Y aunque así sea, gringo desagradecido, ¿le parece á usted poca cosa no haberse visto desde esta mañana?

Los dos rieron con un regocijo infantil.

Habían retrocedido hasta donde aguardaba el caballo, y Celinda se apresuró á montar en él, como si se considerase humillada y desarmada permaneciendo á pie. Además, «el gringo», á pesar de su alta estatura, quedaba de este modo con la cabeza al nivel de su talle, lo que proporcionaba á Flor de Río Negro la superioridad de poder mirarlo de arriba abajo.

Como aún tenía el extranjero el círculo de cuerda alrededor de su busto, Celinda quiso libertarle de tal opresión.

—Oiga, don Ricardo; ya estoy cansada de que sea mi esclavo. Voy á dejarle libre, para que trabaje un poquito.