Luego hizo un movimiento de hombros y continuó andando junto al norteamericano.
—Se lo daré cuando vuelva á mi casa. De todos modos, no tenemos correo hasta pasado mañana.
Estaban frente al bengalow habitado por el hombre más rico del campamento, y vieron cómo salía éste y se acodaba en la barandilla de una de las galerías. Luego, al reconocerlos, bajó apresuradamente la escalinata de madera.
El italiano Enrico Pirovani había llegado á la Argentina como obrero diez años antes, y era tenido ya por uno de los hombres más ricos del territorio patagónico que se extiende desde Bahía Blanca á la frontera andina de Chile. Todos los Bancos respetaban su firma. No pasaba de los cuarenta años; llevaba el rostro afeitado; era grande y musculoso, pero empezaba á mostrar la blandura naciente de los organismos invadidos por la grasa. Tenía el aspecto del trabajador manual que ha hecho fortuna y no puede ocultar cierta tosquedad reveladora de su origen. Lucía numerosas sortijas, así como una gran cadena de reloj, y su traje siempre era flamante.
Estrechó las manos de los dos y dirigió á continuación una mirada de interés á los papeles que traía Moreno. El contratista y el empleado del gobierno se veían todas las semanas para hablar de los trabajos.
Insistió el italiano en invitar á Ricardo á que entrase en su casa para beber una copa.
—Aunque soy viudo y estoy solo, procuro que mi vivienda tenga cierto confort, lo mismo que una de Buenos Aires. Entre á verla. He comprado nuevas cosas. La última vez no la visitó usted toda.
Watson tuvo que seguirle, convencido de que daría un disgusto al contratista si no admiraba una vez más su casa. Subieron los peldaños de madera y entraron en el comedor, cuyos muebles elegantes resultaban demasiado pesados y vistosos.
Pirovani los enseñó con vanidad, golpeándolos para ensalzar los méritos del roble y elevando los ojos al techo mientras aludía á sus precios. Luego les mostró el salón—amueblado igualmente con exceso, pues había que marchar tortuosamente entre tantos sillones y mesillas—y un dormitorio, que parecía pertenecer por lo vistoso á una hembra de vida galante.
En todas estas piezas se notaba el rudo contraste entre la suntuosidad abrumadora de los muebles y la modestia de los tabiques, cubiertos de un papel ordinario.