En realidad, no abusaba de su poder, ni disponía tampoco de medios para hacerlo sentir exageradamente á los demás. Era un señor grueso, bondadoso, de trato campechano: un burgués de Buenos Aires venido á menos que había pedido un empleo para poder vivir, resignándose á aceptarlo en la Patagonia. Llevaba traje de ciudad, pero con el aditamento de botas altas y gran sombrero, creyendo haber conseguido con esto el aspecto que exigía su cargo. Un revólver bien á la vista de todos, sobre el chaleco, era la única insignia de su autoridad.
Se desprendió el español de la mejor silla de su establecimiento, guardada detrás del mostrador para las visitas extraordinarias, y el comisario fué á colocarse junto á Manos Duras. Éste saludó quitándose el sombrero, pero sin moverse del cráneo que le servía de asiento.
Los dos hombres conversaron, mientras continuaba el baile. Don Roque empezó á fumar un gran cigarro, ofrecido por el gaucho con ademanes de gran señor.
—Hay quien asegura—dijo en voz baja—que eres tú el que robó la semana pasada tres novillos en la estancia de Pozo Verde. Eso no está en mi jurisdicción, pues pertenece á Río Colorado; pero mi compañero el comisario de allá sospecha que eres tú el del robo.
Manos Duras siguió fumando en silencio, escupió, y dijo al fin:
—Calumnias de los que desean que no venda carne al campamento de la
Presa.
—Le han dicho también al gobernador del territorio que eres tú el que mató hace meses á los dos comerciantes turcos.
El gaucho levantó los hombros y contestó con frialdad, como si quisiera dar fin á este diálogo:
—¡Me han atribuido tantos crímenes, sin poder probarme ninguno!…
Continuó el baile en el «Almacén del Gallego» hasta las diez de la noche. En un país donde todos se levantaban con el alba, equivalía esta hora á las de la madrugada, en que terminan las fiestas de las grandes ciudades.