Su aspecto era solemne y magnífico, como el de un director de circo ó un prestidigitador célebre. Hacía esfuerzos por mantenerse sereno y que nadie adivinase su emoción. Saludo á los hombres con varonil altivez y se inclinó ante la «señora marquesa», besándole una mano.
Los ojos de ella brillaron con una sorpresa irónica. Todo lo de Pirovani la hacía sonreir. Pero acabó por agradecer esta transformación realizada en su honor, y acogió al contratista con grandes muestras de afecto, haciéndole sentar á su lado.
Canterac se apartó, visiblemente ofendido por esta predilección.
Moreno hablaba á Robledo como escandalizado, señalando el frac de
Pirovani:
—¡Y para ese gran negocio emprendió su viaje con tanto misterio!…
El español se alejó de él para hablar con Watson. Éste parecía aturdido aún por la entrada teatral del italiano, y le admiraba conteniendo su risa.
—Después del smoking, el frac—murmuró Robledo—. El Carnaval se extiende por el desierto, y esta mujer va á volvernos locos á todos.
Miró el traje del norteamericano, que era igual al suyo: un traje de campo, útil para los trabajos al aire libre, é hizo una comparación muda con el aspecto que presentaban los demás.
Luego pensó:
«¡Qué perturbación una hembra como ésta cayendo entre hombres que viven solos y trabajan!… Y aún ocurrirán tal vez cosas peores. ¡Quién sabe si acabaremos matándonos por su culpa!… ¡Quién sabe si esta Elena será igual á la Elena de Troya!…»