Se indignó el marqués ante tal irrupción; y como era de carácter fácilmente agresivo, avanzó hacia él con aire amenazador. Pero el hombre, que reía de su propio atrevimiento, al ver á Torrebianca levantó los brazos, gritando:
—Apuesto á que no me conoces… ¿Quién soy?
Le miró fijamente el marqués y no pudo reconocerlo. Después sus ojos fueron expresando paulatinamente la duda y una nueva convicción.
Tenía la tez obscurecida por la doble causticidad del sol y del frío. Llevaba unos bigotes cortos, y Robledo aparecía con barba en todos sus retratos… Pero de pronto encontró en los ojos de este hombre algo que le pertenecía, por haberlo visto mucho en su juventud. Además, su alta estatura… su sonrisa… su cuerpo vigoroso…
—¡Robledo!—dijo al fin.
Y los dos amigos se abrazaron.
Desapareció el criado, considerando inoportuna su presencia, y poco después se vieron sentados y fumando.
Cruzaban miradas afectuosas é interrumpían sus palabras para estrecharse las manos ó acariciarse las rodillas con vigorosas palmadas.
La curiosidad del marqués, después de tantos años de ausencia, fué más viva que la del recién llegado.
—¿Vienes por mucho tiempo á París?—preguntó á Robledo.